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Elisa Maigua: «Los malandros viejos eran buenos»

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Por Norma Socorro //

Bailar la vida. “Mi mayor problema ahorita es que ya no puedo bailar como antes” dice Elisa Maigua mientras hace un gesto de impotencia sobando sus rodillas que, ahora enfermas, no la acompañan en su afición. Claro, a lo largo de la conversación en su casa, es reiterada la referencia a sentirse feliz, a estar agradecida a la vida y a Dios por su familia y su situación actual. Dice no sentir ningún problema o miedos en su existencia. “Miedo es no tener comida” dice, lo cuál no es su caso. Aún con todas las dificultades que confronta para encontrar ahora los productos básicos, hace turnos con sus vecinas en las largas filas para conseguirlos.

Viendo esa actitud uno piensa que su gran gusto por el baile, desde siempre en Elisa, forma parte de esa alegría que parece que vino al mundo junto con ella. Una y otra vez, al narrar lo bueno y lo no tan grato, adereza sus palabras con esa aceptación alegre, esa inocencia sin resentimientos que irradia su sola presencia.

Uno busca el otro costado, por aquello de que todos somos una sombra alegre, que cargamos por igual la sonrisa y el llanto, pero es inútil: al frente parece que tenemos a una optimista a ultranza; aún lo negativo en su vida es reivindicado por Elisa. Las circunstancias que ha vivido no deben haber sido fáciles, como la de tantos venezolanos que dejaron su terruño para buscar mejorar su situación en la capital. Pero ella aparenta recordar sólo lo bueno.

Quién sabe, a veces la memoria se muestra benevolente y protectora con sus dueños, mostrándoles con el paso de los años lo mejor de la película, los finales felices.

Otra cosa es cuando habla de la música y el baile, entonces danzan destellos en sus pequeños ojos oscuros, se ilumina la mirada en su rostro redondeado y de tez blanca, que encabeza un cuerpo ni tan robusto como ella dice, ni tan delgado como quisiera el médico que la trata. Los kilos de que se queja se reparten en la estatura promedio de la venezolana de hace varias décadas, metro y medio más o menos.

Las historias alegres del vallenato y los despechos dolientes cantados por Julio Jaramillo, son sus favoritos.

Escuchándola en su manera de llevar la vida, de bailarla más bien, uno piensa que hasta Celia Cruz hubiera podido inspirarse en ella:

“Ay, no hay que llorar/

que la vida es un carnaval/

y las penas se van cantando”,

o bailando, diríamos.

Insiste en tener exceso de peso, así que para poder seguir su danza debe adelgazar,  seguir el tratamiento que le recetaron para la tiroides. Pero eso lo hace sólo cuando puede y cuando encuentra los medicamentos, bajo esa doble condición: encontrarlos y poder pagarlos.

Hace poco, la solidaridad de una funcionaria de la Alcaldía de Chacao dejó en sus manos varias cajas de la medicina; por estos días no se consigue ya en las farmacias. Así que su tiroides sigue los vaivenes de la realidad nacional: no toma los medicamentos, entonces no adelgaza, luego le duelen las rodillas y así no puede bailar. Esa es la secuencia y el origen de su añoranza.

Elisa comenzó su propia familia muy temprano; a los 16 años tuvo su primera hija, para luego completar un total de cuatro vástagos, tres hembras y un varón. Hoy en día ellos se han multiplicado con generosidad: ahora Elisa tiene 14 nietos y 10 bisnietos.

Una de sus nietas y sus niños comparten la casa de Elisa hace varios años. Ella les dio cobijo al caer preso el marido de la nieta; dos colchones grandes blancos recostados a una pared de la sala son evidencia del gesto de acogida. Ahora él quedó en libertad y pronto se mudará con su grupo familiar.

Norma 2Cinco niños, entre dos y ocho años, irrumpen en la sala en algún momento; alternativamente, los más pequeños saltan sobre Elisa, se montan en su regazo, lloran en su pecho, demandan algún consuelo o chuchería. Ella soporta la marea de brazos, piernas y cabezas infantiles sobre ella, recibe en su humanidad acolchada cataratas de  lágrimas y de refresco, o los residuos de galletas Susy que llevó de merienda quién ahora la escucha.

No fue posible verle algún gesto de incomodidad o molestia ante la avalancha; solo en algún momento puso un límite con efectiva firmeza.

Y la actitud acompaña a las palabras: su familia es lo primero en su vida. Dios y su familia. Les dice siempre  a sus nietos que “Dios provee a los que proveen a los demás”, y es que siente que Él ha estado siempre con ella, lo dice ahora su mirada abrillantada.

Pero su fe al parecer no necesita de muchas imágenes o estampas sagradas: señala solo un pequeño nicho a un extremo de la sala, donde unas tres figuritas de santos velan por Elisa y su familia; quién sabe si ya tomaron nota de su petición de que sanen sus rodillas, que bailar de pura alegría también santifica la vida.

Pero igualmente da crédito a los poderes protectores del Feng shui, y colocó a la entrada de la casa, protegidos quienes pasan bajo él, un símbolo colgante de múltiples colores, cuyo sonido espanta las malas intenciones y, mejor aún, a los malos espíritus.

Desde 1994 comparte la vida con Venancio, su actual pareja. “Ese se va a veces, pero siempre regresa”, dice señalándolo jocosa. Él, sentado ahora en la sala compartiendo la conversación, la mira cómplice afirmando con la cabeza. Dice que es de alguna reserva civil-militar y a veces debe salir fuera de Caracas; él y sus compañeros dejaron de recibir alguna paga que tenían en esa función.

Hasta hace poco salían a bailar a tascas y lugares nocturnos. Sobre todo recuerdan una tasca, La Sardinita. Aclara que cree que el sitio no se llama así, es sólo que siempre les servían de entremés con la cerveza unas sardinas fritas. Por eso el lugar quedó en el recuerdo con ese nombre.

Hoy en día, entre las rodillas de Elisa y la inseguridad de la ciudad, casi no salen de noche en plan rumbero. Más bien buscan reunirse en la casa, compartiendo hasta tarde el gusto familiar por una buena cerveza.

 

El barrio de los perros: los fundadores muertos y los vivos. Llegó a Caracas desde su oriunda Barcelona, con su madre y hermanos, cuando tenía 12 ó 13 años; hoy tiene 66. Eso ocurrió en la década de los 50, en pleno auge urbanizador de las ciudades venezolanas, sobre todo de la capital.

Con el  veloz e intenso proceso de urbanización, Venezuela  pasó de tener un 85% de población rural (1950), a un 83% en 1971 viviendo en ciudades. Es decir, se invirtió  casi en su totalidad el monto entre los que vivían en el campo y en la ciudad, en sólo 20 años.

En esa avalancha humana hacia la capital vinieron Elisa y su familia. Llegaron a fundar nuevas comunidades en Caracas. En su caso, iniciaron el periplo de fundadores en el barrio José Félix Ribas y de allí, ya en el Municipio Chacao, primero llegaron a San José de la Floresta. Aquí se refiere de forma inusual a su propia persona: “Allá fundamos el barrio mi mamá y mi presencia”; eran unos veinte pobladores. Finalmente, se establecieron en el Sector La Cruz, donde aún vive Elisa con los suyos.

Muestra el reverso de un calendario, que exhibe dos listas escritas a lápiz con diferentes nombres. “Son los fundadores muertos y los que seguimos vivos”, dice señalando, primero, la lista más larga, que corresponde a 22 personas, la de los ya idos, fundadores quizás de nuevas colonias celestiales. Apunta entonces a la segunda lista, la de los fundadores que aún viven (10), donde aparece anotado su nombre.

Me aclara que ese listado no lo hizo ella, que no sabe leer ni escribir. Y es que su madre siempre decía a los demás: “Yo puse a esa india a estudiar, pero era muy floja”.

 

Al sector lo llamaron en sus orígenes el barrio de los perros, ya que una señora tenía hasta 60 de esos animales. Así que entonces había mucha tierra amarilla, aguas negras por todos lados y… demasiados perros.

En medio de ese paisaje colonizador, de ranchos precarios y provisionalidad, había, sin embargo, aspiración a una vida más plácida: crearon un ring de boxeo y daban una especie de funciones de cine en la calle.

Los vecinos fundadores habitaban las pocas casas hechas a la orilla de la quebrada; la  de Elisa era entonces la cuarta parte de lo que es ahora; como la de todos los iniciadores del sector, su vivienda está cercana al arco pintado de blanco que hace de entrada.  Los habitantes que fueron llegando posteriormente han ido agregando su aporte constructor al entretejido de callejones y pasadizos, a esa red creciente y laberíntica que puede ser un barrio popular. Ahora todas las casas son de materiales duraderos, con los servicios básicos, incluso algunas de dos o tres niveles; es lo que los urbanistas llamarían un barrio consolidado, tradicional.

Serpenteante, irregular, el sector La Cruz fue creciendo como lo han hecho todos los barrios caraqueños, con la espontaneidad y habilidades de quienes los habitan: la necesidad hace a los constructores, vecinos devenidos en arquitectos populares.

Norma 3Conversamos en la sala-comedor de su hogar, de unos 4×4 metros, de color verde pálido y paredes casi desprovistas de cualquier adorno; pocos muebles y enseres sirven a los habitantes de la casa. Una cortina sirve de separación de la cocina y las demás habitaciones.

Elisa sigue hablando de sus recuerdos de cuando llegaron al sector. “Cuando se enterró el primer pico (para construir) tomaron una foto, allí estaba mi mamá”.

Fe de por medio, en algún mes de Mayo armaron una cruz, la cruz de Mayo; con el paso del tiempo, los canes dejaron de aportar el nombre al barrio, dando ahora la cruz la identidad al sector.

Era una barriada muy sana, estaban hasta tarde en la puerta sin problemas.

¿Y cómo es la vida ahora, hay azotes de barrio?

Responde que no, no los hay. Lo que ocurre es que “Los malandros viejos eran buenos”, acompañaban a los vecinos hasta la entrada del barrio en la noche; a los mesoneros que trabajaban hasta tarde los escoltaban a sus casas. De esos malandros, solo quedan dos, los demás se murieron ya. De los malandros “pichones” dice que no se meten con nadie, más bien invitan algún trago.

Ella y su familia no han tenido problemas con nadie allí ya que, al contrario del dicho, ellos “siempre fueron de buenas pulgas” con su comunidad.

Y por supuesto, en aquel entonces se podía hacer fiestas hasta tarde, era posible que las luces de la madrugada hallaran a Elisa danzando en algún sarao familiar.

 

Entre nubes de algodón y cigarrillos al amanecer. Recuerda cuando en la fábrica la cinta sin fin ponía al frente suyo, y de las otras operarias, aquellos pedazos tan blancos y suaves de algodón. Ella debía, con la rapidez aprendida, enrollarlos con el papel azul intenso con que se presentaba entonces al algodón; una vez listo, el enrollado quedaba atrapado en una caja también azul, con su cruz blanca que identificaba la marca.

Elisa alarga los brazos como si de nuevo envolviera el algodón; la memoria le trae aquel gesto que entonces repetía  una y otra vez, infinitamente, cada día. Fue uno de sus primeros trabajos que ejerció al llegar a Caracas.

Luego trabajó en una fábrica de nombre alemán, Bohen, en el departamento de electrónica, ensamblando partes y piezas. Hace una especie de  cuadrado con las manos, y entonces casi es posible ver entre sus dedos la pequeña pieza que encajará en algún aparato de los que armaba entonces. Pero también cientos de metros de telas pasaron por sus manos laboriosas; ella fue remachadora en varias fábricas de la confección.

Hace dos años se rebusca la vida en su propia casa, vende hielo y cigarrillos, casi siempre al detal. El negocio es sobre todo el fin de semana, en especial en las noches.

Pero, de  nuevo, alguna ventaja debe derivarse de algo negativo, en este caso, de su mal tiroideo: sufre de insomnio, y ello le permite estar despierta para cuando, a cualquier hora de la noche y aún de madrugada, algún amanecido requiere de sus servicios como proveedora del hielo para la rumba, o de los cigarrillos que acompañan a los trasnochados. Lo que pasa es que Elisa sigue apoyando a la fiesta y los fiesteros, aunque ahora no pueda acompañarlos. Así que al llamado por la ventana siempre abierta de la sala, ella acerca al cliente un cigarrillo, a 15 BF si es de noche; si es durante el día, la tarifa por echar humo es de 10 BF.

A veces el sueño logra alcanzarla; en esas buenas ocasiones, el llamado por la reja, que está al lado de su cuarto, interrumpe su descanso y una Elisa somnolienta le dice al gritón que se espere.

Por estos días la nevera se le descompuso y no puede vender el hielo, que prepara en botellas grandes de refresco; está esperando por un vecino amigo que prometió repararla.

Pero Elisa confía también en los juegos de azar para cumplir algunas metas. Así, apuesta a las patas veloces de los caballos y al recorrido azaroso de las bolitas blancas en las cajas transparentes de la lotería. En Diciembre pasado, para poder vestir de estreno a sus nietos y bisnietos apostó y sí, todos pudieron estrenar. Cómo dudar que la suerte debería sonreírle siempre a quienes como ella, dirimen todas las batallas de la vida a punta de sonrisas.

 

Norma 5Por la única ventana entran ya algunas sombras y es hora de despedirnos. Al salir a la puerta, nos despide diciendo que su nieta mayor, adolescente, quiere hacer una fiesta en la casa para ese fin de semana, pero el equipo está echado a perder. Los genes del jolgorio de la niña, heredados seguro de la abuela, dan la solución: pedir un equipo prestado. Elisa dice que mejor no, porque si se daña, hay que pagar  con uno nuevo al equipo viejo.

Anochece cuando llegamos a la salida del  barrio, y la atmósfera es distinta de cuando llegamos horas antes: ahora jóvenes usando sus motos como sillas conversan entre ellos, en tanto algunos vecinos se han asomado a la puerta y forman pequeños grupos; unos cuantos distraen al cansancio con una cerveza; los niños, mientras tanto, juegan a cualquier cosa a lo largo y ancho de los callejones.

Como ninguna otra en el día, ésta hora anochecida muestra al ente vivo que es un barrio: sus idas y vueltas en la solidaridad o las rencillas, pero nunca la indiferencia;  la convivencia tan cercana que, para bien o para mal, crea la interpenetración de las vidas, pero nunca permite el anonimato. En la tarde-noche se hace presente el movimiento y la respiración vital de un barrio, y esto es así hoy en el Sector La Cruz.

Son múltiples los sonidos y olores que permean la atmósfera de este momento. Entre gritos, risas y llamadas perentorias, a lo lejos se deja escuchar ¡benditas casualidades! a Soledad Bravo, quién cambiándole sólo el tono de piel, nos habla también de Elisa:

“Son las tres y la fiesta revienta/

deja a esa negra contenta/

deja a esa negra bailar en paz.”

 


 

 

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La historia de estas historias

Nos propusimos dictar un taller de crónica. Nos propusimos, también, contar la historia del barrio La Cruz, en el municipio Chacao (Caracas), a través de los testimonios de vida de algunos de sus habitantes fundadores. Convocamos a miembros de la comunidad dispuestos a contar su vida y abrimos un taller de tres meses de duración en el que cada participante debía escribir (como trabajo final) la semblanza de uno de esos miembros de la comunidad. Uno pondría la historia y el otro una voz literaria para contar esa vida.

En una segunda etapa, bajo la misma modalidad y con nuevos participantes, repetimos la experiencia en la comunidad de Bello Campo, en el mismo municipio. El resultado fueron otras maravillosas historias de vida, que contribuyen a alimentar otras visiones sobre Caracas, como una forma de registrar historias cotidianas de nuestra ciudad,

Queríamos que fuera divertido y que todos aprendiéramos de todos. Estuvimos puliendo esas historias durante meses y, en efecto, nos divertimos y salimos un poco más sabios.

Y todos salimos ganando. Las comunidades, cuyas historias quedaron asentadas en este proyecto. Y los participantes, que aprendieron haciendo y conocieron otras formas de vivir en Caracas.

LEER: El taller de La Cruz: Coordenadas generales

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Agradecimientos

Queremos dar las gracias a la gente de la Gerencia de Turismo, de la Alcaldía de Chacao, dirigida por Mariana Andrade, que fomentó esta edificante experiencia, a Sebastián Pérez Peñalver, por las fotos que acompañan estas crónicas, y a Lennis Rojas, por el soporte técnico para el desarrollo de la página.

Con el apoyo de