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Rebeca Morales: «Yo nunca fui la más bonita»

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Por Ana Cristina Frías Cabrera //

Un arco de ladrillos anuncia la entrada de un universo paralelo, autónomo, con leyes y autoridades que parecen funcionar al margen de lo establecido. Arrellanados en una de las curvas del semicírculo que da la bienvenida al Barrio La Cruz, están los motorizados de una línea de taxis. Frente a ellos, una mesita de plástico es atendida por una muchacha que no pasa de los veinticinco años y que mercadea, desde ese ángulo privilegiado, cigarros, llamadas telefónicas, chismes y datos acerca de cuándo hay leche en polvo y harina PAN en el supermercado de la esquina.

Del otro lado del arco una patrulla de la policía de Chacao pisa, con una tensión silenciosa, los límites de su autoridad. Diagonal al carro, como haciéndole un giño a las moto-taxis, se lee la plaquita que todo lo ve, clavada en la casa amarilla con rejas azules: Boulevard La Cruz.

Ana Cristina 1Desde la ventana de su casa Rebeca anuncia que la reja está abierta, que suba. En el interior, unas escaleras negras ascienden hacia el punto exacto desde donde me invita a pasar. Mientras subo, un afiche de San Miguel Arcángel cuelga de la pared, observando, con la espada apuntando a Satanás, las pisadas de quienes van y vienen.

Rebeca Morales lleva toda su vida en el barrio. La casa donde vive perteneció a sus padres, fundadores de la comunidad. Entrando por la reja marrón está el taller de costura de Aura, su hermana. Un piso más arriba, en un espacio ocupado por una cocinita eléctrica y un fregadero, la cocina. De ahí en adelante comienza el recibo: una sala angosta de paredes blancas, en una de ellas cuelga el televisor. Un poco más abajo hay un sofá verde, en forma de ele, que ocupa el ancho de la sala. Desde ahí un niñito de unos seis años se distrae con las comiquitas de Disney Junior. Del otro lado del mueble, una mesita pequeña con un mantel de cuadros separa a Rebeca de la compañía del niño.

Ahí está ella, sentada en una silla de madera con la puerta del baño a su espalda y un ventilador que parece mirarla con curiosidad desde su rincón.

“Yo nunca fui la niña más bonita del preescolar”. Y apoyada en esa frase, Rebeca se siente exenta de otorgarle a su rostro algún signo de feminidad que, sin darse cuenta, reluce en los ademanes de sus manos cuando habla y en la dulzura de su mirada cuando recuerda su infancia. Un piso más arriba de donde estamos está su casa pero me advierte que no podemos subir porque la están arreglando. Ha sido un proceso engorroso y confiesa que ya está harta de tanta arena y de tanto bloque.

Viste unos jeans gastados y un sweater rosa con rayas azules y blancas. Su cara limpia, sin maquillaje, muestra los cansados rastros de la experiencia y la vida. Una liga oscura recoge en una cola su cabello liso y negro, mostrando sus orejas sin zarcillos. En las líneas de sus dedos, anchos y largos, se pueden leer sus batallas, y las pequeñas cicatrices de sus manos dan cuenta de su trabajo como costurera. “Yo nunca fui la más bonita porque uno sabe, pues, y se nota. Pero siempre me llamó la atención que mis compañeritos y mis amiguitos me elegían para todo: Reina del Carnaval, Virgen María ¿me entiendes? Yo digo que es el ponerse en los zapatos de los demás, vale.”

Ese don de llevarse bien con todos separó a Rebeca del prejuicio de los demás hacia las personas de barrio y desde esa posición logró conectarse con lo que ella considera lo más valioso del ser humano: la belleza interior. Dice que de pequeña reunía mediecitos para comprarse libros de autoayuda y de Conny Méndez, confiesa que mientras los demás corrían detrás de una pelota, ella se la pasaba leyendo. Al principio lo veía como un defecto. Que la llamaran “vieja prematura” la hacía sentir  como que no encajaba en ese entorno, que era diferente, pero con el tiempo entendió que desde ese momento había elegido «el camino espiritual» como el norte de su vida. “Oye, tú me haces ir pa´atras y se me vienen sentimientos.”

Sus padres nacieron en el Estado Táchira, y tuvieron seis hijos de los cuales ella es la quinta. Todos sus hermanos estudiaron en el turno de la mañana en el Colegio Libertador, pero ella lo hizo en el de la tarde. Este cambio en el horario la separó un poco más de ellos y la acercó a su mamá. Por las mañanas la acompañaba a la Iglesia El Buen Pastor donde Indalecia, su madre, limpiaba y en las tardes, cuando el resto de sus hermanos llegaba a casa, ella se iba al colegio. Dice que la infancia en compañía de su mamá la hizo feliz y limpiar con ella en la Iglesia le sembró valores. Desde entonces se sintió en la responsabilidad de retribuirles a sus padres lo aprendido con las mejores notas en el colegio, siendo siempre la mejor y aspirando siempre a más. Quizás por eso no concibe su vida sin un vínculo directo con la sociedad. Considera que siempre que se le brinde amor y oportunidades a la gente, ganamos todos. “Un niño que salvemos, una niña que no violen, una niña que a los doce, trece años, no esté con una barriga, oye, ya eso es triunfo para nosotros.”

Si se midiera el liderazgo de Rebeca por el impacto que tienen sus palabras en la comunidad, el silencio que se crea cuando su voz resuena en el barrio sería suficiente para proclamarla como una líder del barrio La Cruz. Dice que no le gusta el partidismo ni las palabras vacías, lo que la mueve es el dolor que siente por su comunidad. Cada anécdota, cada recuerdo de la infancia, delinea el camino recorrido; remite a su deseo de una sociedad más humana, menos superficial y  más arraigada en los valores. Esa es, según ella, la lucha más importante.

Rebeca tiene cuarenta y cinco años. Se casó cuando tenía veinte pero se separó del “malandro ese” después de ocho años de casada. A los 21 tuvo a Indalis y a los 25 a Moisés José Gregorio, diagnosticado autista a los tres años de edad. Detectar la condición de Moisés fue difícil porque ella lo educó como un niño normal. Le enseñó los colores, los números y las letras, los cuales aprendió con facilidad gracias a su memoria prodigiosa. Con el tiempo descubriría que esa es, precisamente, una de las características del autismo. Tal y como lo hubiese hecho cualquier otra madre, Rebeca inscribió a Moisés en el Preescolar, pero la preocupación de las maestras por la conducta de su hijo no tardó en ser manifestada. Moisés era un niño retraído, podía pasar el día entero sentado en un rincón de su casa tocando, con una especie de patrón rítmico, el brazo de su canguro amarillo de peluche. La presencia del papá de Moisés era cada vez menos frecuente.

Empezó a sentir la presión de un diagnóstico que la abrumaba por lo que, para ese momento, contar con la ayuda incondicional de sus padres fue un gran alivio. Sixto, su papá, no se detuvo en el abandono de su esposo y tomó las riendas de la familia. “Yo era su hija, eran sus nietos y por sus nietos todo. Esos son míos, decía. Él los sentía como de él, pues. Mi papá era un hombre muy paternal y mi mamá era una mujer muy guerrera.”

Después del diagnóstico de Moisés comenzó la búsqueda de recursos para cubrir sus necesidades y garantizarle una vida óptima. Entre risas recuerda la persecución que le hizo al entonces alcalde de Chacao, Leopoldo López, para conseguir una beca no solo a Moisés sino también al hijo autista de una vecina. No se fue del despacho hasta que aquel levantó el teléfono y le garantizó una beca completa para ambos niños.

Mientras conversamos Rebeca se para y toma el control del televisor. “Está muy alto, Ronier” dice mientras le baja volumen a las comiquitas que el niño ve tranquilo desde el sofá. En las tardes, Ronier se queda en la casa mientras su mamá, hermana de la ahijada de Rebeca, trabaja. En todo el rato que llevamos conversando casi no se ha movido, parece absorbido por la magia de Mickey y sus amigos. Mientras Rebeca retoma el hilo de la conversación, Ronier, sigilosamente, va subiendo el volumen del televisor sin que ella se de cuenta.

Según se lee en la Biblia,  Moisés fue un profeta elegido por Dios para liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto y llevarlo a la Tierra Prometida. Su nacimiento estuvo marcado por la tragedia cuando un faraón egipcio ordenó que todos los primogénitos fuesen ahogados en el Nilo. Al dar a luz,  su madre lo mantuvo en secreto durante tres meses, pero cuando no pudo hacerlo más lo escondió en una cesta y lo dejó en el río. Ahí fue rescatado por la princesa egipcia y criado como parte de la realeza, para que se cumpliera el plan de Dios. Al nombré Moisés se le atribuye el significado de salvado o entregado por las aguas.

A Rebeca siempre le gustó ese nombre. De pequeña jugaba a que tenía un hijo y que le ponía Moisés. Cinco años más tarde, después de haber dado a luz, descubriría que la historia del profeta estaba ligada con la de su hijo.

 

El 29 de junio del año dos mil sus hermanas Aura y Thais, junto a sus padres y sus sobrinos, se llevaron a Moisés para un paseo a la playa en Higuerote. A Indalecia, la mamá de Rebeca, le gustaba poner al niño en contacto con la naturaleza y él pasaba horas mirando la arena, el mar o algún animalito que paseara a su alrededor. Cada uno de los adultos estaba haciendo algo y Moisés debía estar en el punto exacto donde lo había dejado su abuela. O no. Cuando se percataron de su ausencia, Moisés llevaba quince minutos bajo el mar.

Después de haber recorrido la playa de punta a punta y de haberle preguntado a todo el que pasaba por ahí si, por casualidad, había visto a un muchacho flaquito, blanquito, cabello negro, como de este tamaño –poniendo la mano un poquito más arriba de la rodilla- y después de haber soltado algunas lágrimas de desesperación, un primito de Moisés se metió al mar y vio a lo lejos algo sin rostro que flotaba. Se trataba de él. Desde su lancha, un pescador corrió hasta la orilla para decirle a Aura que le sacara la arena de la boca, de la nariz y de los oídos y que se fijara bien si la venita del cuello le latía. Aura temblaba de nervios pero siguió paso a paso las instrucciones del pescador sin apartarse del cuerpecito azul de Moisés.  Desde la orilla le gritó a su papá que se apurara, que prendiera el carro para llevar al niño a la Medicatura. Sixto, que había pasado toda  su vida como taxista, no fue capaz de pararse de la silla de plástico y mucho menos de prender el carro, o encontrar las llaves. Cada segundo era eterno. Cuando llegaron a la Medicatura, los doctores empezaron a aplicarle RCP a Moisés. El niño respiraba pero no abría los ojos y mucho menos hablaba.

Mientras tanto, en Caracas, Rebeca remendaba unos pantalones para la tienda Zara. Cuando recibió la segunda llamada de su cuñada, comenzó a preocuparse. Nadie fue capaz de contarle lo que había pasado. Su hermano solo dijo que guardara tres mudas de ropa para ella y tres mudas para Moisés. De nada sirvió preguntar en el camino, de nada sirvió llorar. Cuando llegó a la Medicatura preguntó por su hijo y al escuchar su voz, Moisés, después de varias horas inconsciente, abrió los ojos y habló. La responsabilidad y la culpa le quitaron la voz a Sixto y entre lágrimas Aura le juró que, de haber muerto Moisés, ella no hubiese podido mirarla a la cara por el resto de su vida. Rebeca, que no entendía nada, tuvo que esperar una semana después del accidente para que su familia tomara valor y le contara, a cuenta gotas, lo ocurrido. Ese mismo día fue a La Pastora para darle las gracias al Doctor José Gregorio Hernández por haber salvado a su hijo, precisamente, el 29 de junio, día en el que murió el Siervo de Dios que, en el sentir de la gente, ha sido santo desde el principio. “Ya me doy cuenta que tú te metes en las fibras” dice secándose las lágrimas.

Moisés cumplió veintiún años el 10 de febrero. Escuchar música es una de sus actividades favoritas. Aprendió a usar la computadora para meterse en YouTube y escuchar “chatarrita”-como lo llama Rebeca-. Los grandes éxitos de Luis Miguel, Andrea Bocelli y ABBA. “Fría como el viento, peligrosa como el mar, dulce como un beso no te dejas amar. Me tiene fría a mí de tanto que la repite”, dice mientras empuña la mano, simulando un micrófono.

 

El 8 de febrero de 2013 el mundo tal y como lo conocía cambió. O como diría ella: se le puso chiquitico. Dos años atrás las cosas eran diferentes. Indalis, su esposo David y Sebastián, su primer hijo, vivían con Rebeca en el barrio La Cruz, pero la casa era muy pequeña. Las circunstancias llevaron a Indalis a aceptar la oferta de mudarse al edificio Paulo VI en El Llanito. La torre de treinta pisos estaba construida casi por completo, si no fuera por la falta de ascensor y por algunos espacios vacíos que David pensó arreglar provisionalmente con unas tablas. Indalis no dudó.

Ana Cristina 5El problema habitacional ha sido una verdadera tragedia para muchas familias venezolanas. En 1998 el déficit de viviendas en el país era de 1.5 millones. El recién electo Presidente Chávez prometió resolver, por lo menos, el 50 por ciento del déficit. Para el año 2013 la Gran Misión Vivienda Venezuela se propuso construir 450 mil casas y solo fueron entregadas 170 mil. Indalis tenía siete meses de embarazo y Sebastián no llegaba a los tres años, por lo que David y ella, desesperados por tener una casa propia, depositaron sus ilusiones bien alto, en el piso veintisiete del edificio Paulo VI en El Llanito.

La noche del jueves 7 de febrero Indalis, David y Sebastián salieron del barrio La Cruz rumbo al Llanito. Rebeca no estuvo de acuerdo. Insistió tanto para que su hija se quedara que terminaron discutiendo. Pero ya la decisión estaba tomada. “Mamá, quédate tranquila- dijo Indalis-, David puso tablas, nosotros vamos a estar pendiente. Tranquila que yo mañana estoy aquí”. Pero Rebeca seguía sin sentirse segura: “¿Tú sabes cuándo a ti te queda una espinita aquí?” y uniendo los dedos, se señala el pecho. Eran las doce del mediodía del viernes 8 de febrero. Acababa de almorzar cuando escuchó un grito horroroso que salía del taller de costura de Aura. A Rebeca se le entumeció el alma. “Algo pasó” y bajó corriendo al taller de «la gorda».

Aún con el teléfono en la mano, Aura solo fue capaz de repetir, en un llano ahogado, el nombre de Indalis. Toda clase de ideas bombardearon la mente de Rebeca, incluso llegó a imaginar muerta a su hija. Tomó a su hermana por los brazos y la sacudió con fuerza: “¡Dime qué le pasó a mi hija! ¿Qué pasó, gorda?” Un silencio frágil rodea la sala mientras Rebeca recuerda la tragedia. Su voz se diluye en un llanto amargo y, por un instante, se hace visible la herida profunda de su alma. Con las manos se cubre la cara y las lágrimas empiezan a caer por sus mejillas hasta llegar a sus labios, donde finalmente mueren. “Sebastián se mató” fueron las palabras de Aura. Rebeca llora sin hacer ruido. Del televisor sale la melodía que da la bienvenida al maravilloso mundo de Disney, mientras Ronier brinca por la sala, dándole vueltas con la mano a una tira de estambre azul que sujeta un cartoncito con su nombre.

Ese día no hubo tiempo para llorar. Los vecinos del barrio también escucharon los gritos de Aura pero no tuvieron valor para preguntar nada. Los muchachos de la línea de mototaxis del barrio Bello Campo las llevaron al Hospital Domingo Luciani apenas escucharon lo que había sucedido. Al llegar, algo le impidió a Rebeca atravesar las puertas de la Emergencia. En el vaivén de cuerpos que entraban y salían, distinguió a Indalis. Apenas la abrazó, su hija se le desvaneció y cayó de rodillas frente a ella. Y Rebeca firme. Cargando en sus brazos el dolor ancestral de la maternidad. “Algo me dijo: tienes que ser la viga. Y tuve que ser la viga, no me quedó de otra.”

El cuerpo frágil y pequeñito de Sebastián, idéntico a su papá pero un poco más moreno, permaneció desnudo sobre una camilla fría mientras se aclaraban las circunstancias de su muerte. Por encaramarse sobre unas tablas que estaban puestas para cubrir los espacios que quedaron sin construir, Sebastián cayó al vacío. La misma tabla que debía protegerlo, lo impulsó, como un trampolín, a los brazos de una muerte prematura.

Rebeca leyó, hasta el último punto, el informe del CICPC, pero Indalis no. No quiso. El proceso de recuperación fue largo y doloroso. Ella y su esposo recibieron ayuda psiquiátrica en ese mismo sofá verde con forma de ele, donde Ronier sigue jugando sin darse cuenta de nada. Tres meses después, en el Hospital Domingo Luciani, Indalis dio a luz a su segunda hija: Ainhoa Victoria.

“El dolor te acompaña siempre. Eso está contigo” dice Rebeca.

 

Pasar por experiencias tan trágicas le ha dado la oportunidad de transmitir fortaleza a las demás personas para que tomen otra actitud ante el dolor. “Una de las cosas que a mí me ayudó mucho fue cuando fui payasita de Hospital.” La propuesta surgió en el Colegio Universitario para la promoción que acababa de graduarse como TSU en Administración Municipal. Al principio Rebeca se opuso rotundamente a la idea, asegurando que su profesión en nada tenía que ver con ser payasa de Hospital. “Vas a cambiar de opinión” le aseguró un profesor. Y como a Rebeca le gustan los retos, se anotó de primera en la lista.

Han pasado algunos años desde que se convirtió en payasita. Dice que aún conserva la “perolera”: la bata, la ropa de payaso y la nariz. Confiesa que, al principio, creía que sería ella quien ayudaría a los niños del Hospital que atienden las Hermanas Misioneras de la Caridad, pero fue todo lo contrario. Quiso transformar el dolor de la muerte de su nieto y de las experiencias trágicas a lo largo de su vida, en fe y esperanza para los demás. “Todo lo que se vive y se aprende no puede ser en vano” asegura. Y arraigada en la certeza de Dios, mira su futuro y solo pide “licencia” para poder seguir ayudando a los demás.

_DSC0108En la sala irrumpe una niña de ojos oscuros y colitas en el cabello. Se me acerca y sonríe. Subiendo las escaleras, una lenta Indalis se sujeta la espalda con la mano, luciendo con gracia su tercera ilusión, que está por nacer, y al que le pondrá por nombre Ramzes. “Ainhoa vente para acá” dice, mientras la niña me observa intentado descifrar algo que solo ella parece notar. Ronier no se inmuta y con postura apacible, se mantiene sentado en el sofá. A Rebeca se le dibuja una sonrisa inmediata en la cara. No lo dice pero por instantes como ese, cuando la felicidad rodea su casa, siente que el camino transitado cobra sentido y que el dolor se va extinguiendo en la sonrisa de su nieta que muestra, orgullosa, un par de dientes de leche.

Cada escalón pisado aleja las risas de Ainhoa y la voz de Rebeca. San Miguel Arcangel, con postura épica, sostiene la mirada sobre quienes transitan las escaleras de metal. La reja marrón se cierra y afuera, el ritmo agitado del barrio La Cruz no se detiene.


 

 

 

 

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La historia de estas historias

Nos propusimos dictar un taller de crónica. Nos propusimos, también, contar la historia del barrio La Cruz, en el municipio Chacao (Caracas), a través de los testimonios de vida de algunos de sus habitantes fundadores. Convocamos a miembros de la comunidad dispuestos a contar su vida y abrimos un taller de tres meses de duración en el que cada participante debía escribir (como trabajo final) la semblanza de uno de esos miembros de la comunidad. Uno pondría la historia y el otro una voz literaria para contar esa vida.

En una segunda etapa, bajo la misma modalidad y con nuevos participantes, repetimos la experiencia en la comunidad de Bello Campo, en el mismo municipio. El resultado fueron otras maravillosas historias de vida, que contribuyen a alimentar otras visiones sobre Caracas, como una forma de registrar historias cotidianas de nuestra ciudad,

Queríamos que fuera divertido y que todos aprendiéramos de todos. Estuvimos puliendo esas historias durante meses y, en efecto, nos divertimos y salimos un poco más sabios.

Y todos salimos ganando. Las comunidades, cuyas historias quedaron asentadas en este proyecto. Y los participantes, que aprendieron haciendo y conocieron otras formas de vivir en Caracas.

LEER: El taller de La Cruz: Coordenadas generales

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Agradecimientos

Queremos dar las gracias a la gente de la Gerencia de Turismo, de la Alcaldía de Chacao, dirigida por Mariana Andrade, que fomentó esta edificante experiencia, a Sebastián Pérez Peñalver, por las fotos que acompañan estas crónicas, y a Lennis Rojas, por el soporte técnico para el desarrollo de la página.

Con el apoyo de