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El maratón de Alicate

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Por Dulce Katz //

Un maratón es una carrera de largo aliento. Cuenta la leyenda griega que las mujeres de Atenas esperaban conocer si sus maridos habían derrotado a los persas en la llanura de Maratón. Filípides, uno de los combatientes tuvo que correr alrededor de cuarenta kilómetros de vuelta a la ciudad para avisar, al llegar extenuado, luego de pronunciar la palabra victoria, murió. Otra historia dice que en realidad debió correr cerca de trescientos kilómetros en varios días. También se dice que el nombre de esta carrera se debe a que todos los soldados corrieron desde Maratón hasta Atenas antes de que llegara la flota persa, demostrando su fuerza y haciendo desistir a los contrincantes. Y así, varias versiones que coinciden en lo que conocemos ahora; quienes completan los cuarenta y dos kilómetros de un maratón no son solo los más rápidos sino quienes más han aguantado.

Así es la vida de Ali, un maratón prolongado.

A sus sesenta y un años el cuerpo de Ali aún se conserva fuerte, aunque encorvado. Su piel morena tiene el relieve de sus venas tatuadas, dando la sensación de que estuviera haciendo algún esfuerzo constantemente. En su mano derecha conserva varias ligas con las que debe enrollar los mandados. En la izquierda un reloj negro Casio y un pequeño rosario. Su cabello es gris, y sus ojos han de ver a través de unos lentes cuando quiere enfocar. Habla rápido pero en tono de voz bajo, cercano a su interlocutor como quien cuenta un secreto. Se excusa una y otra vez por no haber atendido el teléfono. Es que ha estado muy ocupado.

Así ha de ser la vida de un mensajero motorizado que además corre. Entre semana se despierta a las cuatro de la mañana para entrenar, a veces con un día de por medio, dependiendo del ánimo. Hace una ruta fija cercana a la falda del Ávila, la montaña que sube con frecuencia. Lleva consigo unas mancuernas improvisadas, dos potes de Gatorade llenos de pego que cumplen la función de tonificar los músculos de sus brazos. Luego vuelve a casa donde su Vespa de antaño le espera resguardada bajo un plástico. Se alista para llevar a su nieto al colegio y comenzar su labor. Algunas veces el tiempo le alcanza para volver a Bello Campo por el almuerzo, otras no.

Alicate es el apodo pícaro con el que lo llaman sus amigos. Su hijo quien también lo llama así lo hizo oficial cuando escribió en su correo electrónico “alicatedíaz@…”. El sobrenombre con el que se bautizó Alicate bien podría hacer referencia al nombre de una herramienta pero también al del protagonista de una épica.

Dulce 1Vive en la vereda El Nazareno de la comunidad de Bello Campo, donde ha habitado casi toda su familia desde la infancia. Su casa se encuentra cruzando a la derecha en la redoma que no es redoma sino una intersección. Es el tercer piso de una torre de ladrillos. Para llegar se debe subir por dos escaleras, la última con un ángulo de inclinación apenas suficiente para usarla. Adentro otro piso más. Está construida sobre la casa materna.

Mientras transcurre una jornada médica improvisada en la calle principal del barrio, Alicate comienza a relatar su historia. Su tensión arterial se encuentra en 70/100 y asegura que gracias a las carreras ha logrado controlar sus pulsaciones y “no al revés”.

Nació en Caracas en 1954. Es uno de los hijos varones de una numerosa familia caraqueña. Cree que el favorito de la madre, aunque no está muy seguro. De niños se mudaron a la primera casa que existió en la vereda El Nazareno.

Espontáneamente Ali comparte sus anécdotas y la primera que brota de su boca como deseoso de contarla es también el primer indicio de una vida con tropiezos. Ali tenía 7 años cuando vivió su primer encuentro con la muerte de un cercano. Tuvo que presenciar cómo su madre gritaba desgarrada porque su hermanita recién nacida, Victorita, había fallecido sin salir del hospital Pérez de León. Presume que a la pequeña se le reventaron los pulmones de tanto llorar. Esa imagen de su infancia, como es de esperarse, se ha quedado consigo.

Desde joven tuvo que ayudar a su madre. No había de otra, el padre quien era oficial de policía no era una constante y en la casa diez niños necesitaban comida. Así fue como empezó a trabajar, primero de asistente de carpintería. “Yo también me desempeñé en el oficio de Jesucristo, poco tiempo, pero lo hice”. Para la madre también era una forma de alejarlo de malos pasos. A los 17 años, Ali ya se interesaba en el atletismo, y tan pronto pudo, empezó a correr las carreras que ahora son tan populares pero que en ese momento apenas tenían organización. Las rutas pasaban por El Calvario y la Avenida Bolívar. La forma de hidratación era un camión cisterna que bañaba a los corredores en puntos estratégicos.

A esta edad también tuvo su primer hijo. Una muchacha de 25 años lo “hechizó” como él dice, y cuando se dio cuenta ya era padre. En una nueva relación tuvo 3 más y años después, Wendy fue la madre de su hijo más pequeño y el más consentido. Hace un recuento de su descendencia, 5 hijos, 5 nietos y 2 bisnietos. Acá la voz de Ali se pone más baja y tapa su boca con las manos para contar en confidencia que sus bisnietos vienen de la línea de su hijo mayor que falleció cuando apenas tenía 25. Él mismo no se explica muy bien en qué circunstancia. Pero asegura que sufría de los nervios y que eso lo había heredado de su madre la hechicera.

Con su segunda pareja tuvo 3 hijos, pero dice que la convivencia no es cosa fácil y luego de un tiempo de vivir juntos en Guarenas, estuvo nuevamente en Bello Campo, pidiéndole a su madre que le dejara construir en el piso de arriba de su casa. Ella accedió, aun con miedo de que la estructura no aguantara el peso. Ali se apresuró a poner la platabanda antes de que “su vieja” se arrepintiera.
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Ahora, desde la sala de su casa, que es más bien un comedor con una escalera que lo atraviesa, cuenta cómo empezó su oficio de motorizado. El primer intento fue en una venta de repuestos. Le dieron una moto y la dirección de la encomienda. Anduvo una hora buscando el lugar de destino sin éxito. Al regresar pensó que eso no era lo de él, entregó la moto y se fue. Pero poco más tarde las direcciones se le hicieron más fáciles, y la velocidad nuevamente su amiga. Desde entonces se ha encargado de repartir encomiendas.

Entre muchos otros trabajos y tigritos, este ha sido su constante. El que le ha ayudado a levantar su casa, junto al Capitán a quien le pedía prestado y a Irene Sáez quien firmó un cheque con el que compró la puerta del hogar.

En el marco de la puerta de entrada cuelgan alrededor de 40 medallas de participación y algunas de triunfos de las que no hace alarde. Todas mezcladas en la misma importancia. Algunas veces no se inscribe en las carreras pero las corre igual, como si en efecto lo que le llena es alcanzar la meta más allá de cualquier reconocimiento. La puerta al cuarto tiene encima una foto de él enmarcada, su cuerpo está fornido y sus pies fueron capturados levantados del suelo. Al preguntarle sus ojos se alargan pareciendo chinos, se les nota un destello que acompaña con una sonrisa.

“Eso fue en los bomberos de la UCV, hace aaaños”.

No lo dice, pero correr es lo único que no comparte. Es el único momento que es suyo y no en familia. Un corredor cuenta sólo consigo para llegar de un lugar a otro en una carrera. Así avanza Alicate por la vida. Y aunque es bastante familiar dejó a un lado la idea de que su destino fuera en pareja. Todas sus relaciones le dejaron la enseñanza de que “para vivir angustiado, mejor solo”. Incluso su hijo, el menor, en alguna oportunidad se lo dijo:

“Imagínate una mujer acá con nosotros, no podríamos con nuestra vida.”

 

Ahora en confianza Alicate revela que son dos los hijos que ha perdido. Jonathan su hijo menor “el que partió” como él dice, le ha dejado a su nieto Jhonalvito. Por lo enrevesada que es la vida, el mismo día, a la familia Díaz de Bello Campo le tocó conocer la pérdida de dos de sus miembros más jóvenes. Su hijo, el más pequeño y consentido, quien le había dado bastante que bregar con sus inventos de juventud, murió de forma violenta en otro barrio, donde a él no le gustaba que fuera. El mismo día que su hermana Myriam, la bondadosa, perdía a uno de los suyos.

Luego de formar a casi todos sus hijos con él, le ha tocado de nuevo la labor de crianza. El niño de 3 años está bajo su cuidado. La madre ha dicho que no puede hacerse cargo y en cambio él se encarga de sus comidas, de llevarlo al colegio, de enseñarle, de vestirle y de todo cuanto harían sus padres, pero dese el rol de Abuelo. Ahora solo quiere vida para continuar en la carrera con aguante e ímpetu. “Le pido a mi Dios que me de mucha salud para ayudar a mi nieto que está empezando la vida”. Y aunque dice encontrar toda su fortaleza en Dios, no hay duda de que la Odisea que ha vivido la ha sorteado con la resiliencia y el aguante propios de un maratonista.


 

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La historia de estas historias

Nos propusimos dictar un taller de crónica. Nos propusimos, también, contar la historia del barrio La Cruz, en el municipio Chacao (Caracas), a través de los testimonios de vida de algunos de sus habitantes fundadores. Convocamos a miembros de la comunidad dispuestos a contar su vida y abrimos un taller de tres meses de duración en el que cada participante debía escribir (como trabajo final) la semblanza de uno de esos miembros de la comunidad. Uno pondría la historia y el otro una voz literaria para contar esa vida.

En una segunda etapa, bajo la misma modalidad y con nuevos participantes, repetimos la experiencia en la comunidad de Bello Campo, en el mismo municipio. El resultado fueron otras maravillosas historias de vida, que contribuyen a alimentar otras visiones sobre Caracas, como una forma de registrar historias cotidianas de nuestra ciudad,

Queríamos que fuera divertido y que todos aprendiéramos de todos. Estuvimos puliendo esas historias durante meses y, en efecto, nos divertimos y salimos un poco más sabios.

Y todos salimos ganando. Las comunidades, cuyas historias quedaron asentadas en este proyecto. Y los participantes, que aprendieron haciendo y conocieron otras formas de vivir en Caracas.

LEER: El taller de La Cruz: Coordenadas generales

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Agradecimientos

Queremos dar las gracias a la gente de la Gerencia de Turismo, de la Alcaldía de Chacao, dirigida por Mariana Andrade, que fomentó esta edificante experiencia, a Sebastián Pérez Peñalver, por las fotos que acompañan estas crónicas, y a Lennis Rojas, por el soporte técnico para el desarrollo de la página.

Con el apoyo de