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Entre posturas y costuras

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Por Rogsel Castillo //

Algunas personas tienen un contrato con el sufrimiento. Como la unión irrevocable entre las agujas y un telar. Otros se han dispuesto a crear subrealidades para aligerar sus emociones, hacerse los locos y sufrir de a ratos. Algunos decidieron ponerle un parche de tela a cada situación: para subirle el ruedo, meterle a la camisa y ajustarle los botones a la vida.
Bautizada y popularmente conocida como Miriam Peña, la costurera que hace los arreglitos en el sector Bello Campo, y que vive allí desde la inauguración de la Comunidad, posee una verdad que pocos saben y otros no necesitan saber: su partida de nacimiento registra el nombre de Josefina Ramona Peña. Es decir, dos nombres para un mismo cuerpo. Valdría la pena preguntarse si coexisten amigablemente en la misma identidad, o florecen como dualidades, como las contradicciones del ser humano, como piel de sus camaleónicas posturas.

En el primer contacto telefónico mi llamada interfirió durante un encuentro religioso de mi entrevistada, pero minutos después, sin ningún problema, concertamos la fecha y hora de nuestra conversación. Al llegar a la puerta de su casa me consigo a dos mujeres, y trato de adivinar la identidad física de Miriam. En cuestión de segundos la de piel morena, cabello negro recogido hacia atrás y cálida voz me dice: “Pasa mi niña, bienvenida”.
Me recibe en su acogedor hogar. Al entrar recordé que el concepto de “casa” y “hogar” pueden ser tan parecidos como diferentes. Allí cada rincón se asoma para mostrar una historia: el reloj colgado en el marco principal de la casa, una artesanal pared hecha por su hijo menor, y algunos cuadros pintados también por él. Antes de sentarme en la mesa lo primero que veo, en el centro de la sala, es su máquina de coser. Ese instrumento de trabajo donde recaen fotos de bodas, adornos de bautizos y algún detalle navideño. Luego de sentarnos en su comedor comenzaron dos horas de una conversación que inició sin desayuno, con variadas interrupciones, pero con un apreciado café.

Su primera partida de nacimiento desapareció en el colegio donde estudiaba, y su padre, Ramón Díaz, no tardó en volverla a registrar. Tampoco posee su apellido, detalles de aquellos tiempos en los que parece no detenerse. Comparte su sangre con sus otros 18 hermanos, hijos de 4 mujeres diferentes. “Si él sabía que me llamaba Miriam por qué me puso Josefina Ramona. Además, no llevo su apellido”, dice Miriam, quien afirma que a pesar de los dos nombres, y la relación inestable entre su madre y su padre, conserva los mejores recuerdos de su infancia.
Relata con una dulzura implacable que sus primeros años de vida estuvieron llenos de alegría y helados en el Parque El Este, cada domingo. Sigue contándome sobre su infancia y en ese momento su hijo mayor le ofrece una arepa, pero ella le dice que no, que prefiere terminar la entrevista, y me mira con expresión de pena. Le pedí que comiera tranquila, un desayuno no desvirtúa ninguna historia. Yo aproveché y acepté otra taza de café.
“Yo hago arreglos de ropa, a mi esposo nunca le gustó que yo trabajara en la calle”. Mientras ella desayunaba me contó cómo se enamoró de su esposo, y más de 10 personas pasaban por su ventana a saludarla, a pedirle un favor y preguntarle si tenía las agujas para remendar una tela. Para todos tenía una palabra de cariño, una tacita de café, una sonrisa y por supuesto un “Dios te bendiga, mi amor”. De esa labor de enmendar lo que nos cubre la piel, le quedó la necesidad de ajustar, teñir o coser los conflictos de quién le confiese sus problemas. Lo cual representa una notable oportunidad para acercarlos a la religión que representa.
De un amor que ha durado 39 años de matrimonio nacieron tres hijos varones: Edith, Andy y Ender. Se enamoró de su esposo cuando tenía 16, y argumenta que la base de una relación exitosa es la comunicación, según ella esa es la fórmula que le ha funcionado. Coincidencia, causalidad o fe, su hijo menor se lo pidió a Dios cuando tenía 30 años, y a esa edad le mandó a su “Tesoro”. Así suele nombrarlo, sus ojos brillan, y su timbre de voz se envuelve en la melodía de un amor trascendental.
“Hablé con el señor a los 28 años: -señor por favor mándame un hijo a los 30. Y así fue. Después de nacer, yo iba todos los domingos a la iglesia Católica y lo llevaba. Después él creció y se bautizó en la iglesia evangélica. Y luego me inicié yo”. Su hijo Ender, su “Tesoro”, falleció en marzo de 2013, tras un cáncer que le afectó el músculo de una pierna y le hizo metástasis en un pulmón. La muerte física comenzó como una aparente pelotica de grasa en una pierna.

Miriam habla de Ender y en vez de llorar sonríe. Siempre sonríe. Y asume que Dios, o el Señor (como le llama) tuvo un propósito con su familia, pues siempre fueron católicos, menos Ender que mostró su inclinación al cristianismo desde muy pequeño. Ella respira, pone sus ojos en el cielo y considera que su hijo fue el sacrificio para que, Edith, afectado por la situación, decidiera entrar a la Iglesia Cristiano Evangélica y salir del mundo de las drogas y el alcohol. Asumió esa muerte como la entrega de un hijo por la salvación de otro.

Puede que en una situación tan extrema surja la idea de cortarle un pedazo de tela a un pantalón para tapar el hueco de otro. Un hijo en enmienda de otro. Una premisa bastante difícil de digerir si se está dispuesto a diluir ciertos conceptos religiosos.

Rogsel3Cuando le pregunto si a veces se deprime o llora por la muerte de su hijo, eleva su vista y me dice que no es fácil, pero que Jesucristo es su fortaleza. Y en sus ojos veo el preámbulo de una lágrima que no nace. Fue la pregunta más compleja de hacerle, la respuesta más corta, y los segundos de análisis más largos en mi mente. Mientras me hablaba, aún prestándole mi total atención, pensé que estar embarazada se siente en los huesos, como una sensación muy parecida a la duda. Es cohabitar entre muchas sensaciones e ideas, es el despojo de tu cuerpo, como si cedieras los derechos de tu piel porque dentro de ella se impone la formación de otra piel que, por ser tan indefensa, requiere total atención.
Veo a Miriam, en su convicción al hablar, en su posible evasión a la tristeza, en esa aparente entereza de la cual no estoy segura, veo a Miriam y pienso que el útero es uno de los órganos más fuertes del cuerpo. Y me pregunto si la muerte de un hijo criado y amado, se sentirá como la mutilación forzosa y sin anestesia de un órgano.
Justo cuando comienza a explicarme su visión de la vida, baja las escaleras un muchacho de más de 30 años que suda un carácter noble, trabajador y ligeramente escéptico. Era Andy, el segundo hijo de mi entrevistada. Miriam espera que él, en algún momento, entienda que el propósito del Señor es perfecto, y según lo explica detalladamente debemos temerle y rendirnos ante sus designios. Esa es su visión, respetable a todo nivel, como el enfoque de vida de cada quién. La capacidad elegir cómo queremos enfrentar las situaciones es algo que a veces se decide, y en otras ocasiones se aprende.

“Cuando venía de hacerse la quimioterapia él se ponía a pintar. Él decía que mi Dios lo iba a sanar. Y de verdad lo sanó para irse porque yo le pregunté: ¿por qué te quitaste el oxígeno? Y me dijo: porque mi Dios me sanó, yo estoy sano. Estaba bañadito y limpio”. Antes de morir le pidió a su Madre que no llorara su muerte. Durante el sepelio no derramó ni una lágrima, confiaba tranquila en el encuentro de su hijo con el Señor e ignoraba paciente las preguntas de los curiosos que pensaban que su estado de serenidad se debía, al menos, a un poco de valeriana.

El útero es el segundo corazón de una mujer.

Habla de Ender en presente. Ella siente que él no se ha ido, que sigue vivo al menos en su corazón donde reposa el sacrificio, la entrega y palabras de fe y fuerza que su hijo les daba a sus familiares y amigos.
Me dice que su “Tesoro” cumplió en la tierra su misión, y una vez lista, partió. Me embaraza de dudas el sistema que utiliza para darle sentido o explicación a la vida, como si cualquier hecho tuviese una justificación religiosa. Lo cierto es que, aparentemente, ese método le ha funcionado para mantenerse en pie como líder en su entorno afectivo, como dedal emocional para ella y su familia.
Al hablar del manejo del duelo de su esposo, dice que en algunos momentos él llora, a pesar de ir a la iglesia en varias ocasiones. Que además tiene su foto como fondo de pantalla de la computadora, le da la bendición y le pregunta como está, saludándolo, como si su cuerpo físico permaneciera inmóvil entre ese espejo de vidrio con imágenes despixeladas. Para Miriam esas actitudes no son sanas, pero lo respeta y le aconseja entregarse a la esa sanación que ella dice haber encontrado en el cristianismo.
Todas las pinturas, libros de arte y demás materiales universitarios de Ender, los resguarda para su nieta, hija de Edith, pues no descarta seguir los pasos de su tío y estudiar artes plásticas, carrera que él no pudo terminar. La muerte llegó primero.

En algún momento, Miriam, me explica “uno no se va a quedar sufriendo toda la vida”. Y percibo que a pesar de su devoción, su carácter trasluce una evidente tabla de salvación. Quisiera saber si Josefina Ramona (su identidad legal) es la verdadera cara de esa inquietante fortaleza.

Rogsel1Mientras seguimos con el recorrido de su vida, me cuenta que la muerte llegó doble cuando uno de sus sobrinos fue asesinado en Petare, el mismo día de la partida de Ender. El producto vivo de esa tragedia ha sido criado por Alí (hermano de Miriam). Ella le recomienda que a su nieto le dé una mejor crianza, que no le dé todos los lujos que quiera y lo vuelva un consentido como hizo con su hijo. También lo alienta a asistir a la iglesia.
Ya mi grabadora marcaba poco más de dos horas. Y para culminar tan sentida entrevista le pregunto: ¿qué le falta por cumplir? Mirando hacia arriba asegura sentirse satisfecha. Mientras yo noto expresiones de una cansada paz, con algunas ligeras y sacrificadas arrugas que no se pierden en su rostro de 55 años.
Entendí que todos hemos perdido algo. Todos hemos perdido a alguien. Todos nacemos marcados por la pérdida. Desde el primer día que llegamos al mundo, lo primero que perdemos es esa sublime y tibia comodidad del vientre materno. Sin embargo, ese cambio es la sentencia de un contrato que tenemos con el mayor regalo: la vida.


 

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La historia de estas historias

Nos propusimos dictar un taller de crónica. Nos propusimos, también, contar la historia del barrio La Cruz, en el municipio Chacao (Caracas), a través de los testimonios de vida de algunos de sus habitantes fundadores. Convocamos a miembros de la comunidad dispuestos a contar su vida y abrimos un taller de tres meses de duración en el que cada participante debía escribir (como trabajo final) la semblanza de uno de esos miembros de la comunidad. Uno pondría la historia y el otro una voz literaria para contar esa vida.

En una segunda etapa, bajo la misma modalidad y con nuevos participantes, repetimos la experiencia en la comunidad de Bello Campo, en el mismo municipio. El resultado fueron otras maravillosas historias de vida, que contribuyen a alimentar otras visiones sobre Caracas, como una forma de registrar historias cotidianas de nuestra ciudad,

Queríamos que fuera divertido y que todos aprendiéramos de todos. Estuvimos puliendo esas historias durante meses y, en efecto, nos divertimos y salimos un poco más sabios.

Y todos salimos ganando. Las comunidades, cuyas historias quedaron asentadas en este proyecto. Y los participantes, que aprendieron haciendo y conocieron otras formas de vivir en Caracas.

LEER: El taller de La Cruz: Coordenadas generales

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Agradecimientos

Queremos dar las gracias a la gente de la Gerencia de Turismo, de la Alcaldía de Chacao, dirigida por Mariana Andrade, que fomentó esta edificante experiencia, a Sebastián Pérez Peñalver, por las fotos que acompañan estas crónicas, y a Lennis Rojas, por el soporte técnico para el desarrollo de la página.

Con el apoyo de