Sitio colectivo de crónicas sobre la ciudad de Caracas

Juan Rojas en tres movimientos

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Por Yazmine Livinalli //

“No fío por orden del banquero”, reza un papel en la pared de un local del boulevard que hace esquina con su casa. Y es que, aunque los santos de la iglesia de la comunidad “El Buen Pastor” de Bello Campo dan crédito y sin inicial, en la vida —según dicen— nada es gratis.

Cuando a Juan Cancio Rojas le miran la blancura y los cachetes rosados y le preguntan de qué parte de Europa es, responde, con fonética y picardía, que es de Viena, “pero no de la capital de Austria, sino de bieeena…dentro Mucutuy”, el pueblito merideño donde nació. Es el cuarto de dieciocho hermanos y pertenece a esa generación de hombres que fueron niños-padres. Por eso, los menores son profesionales universitarios, mientras que, de los mayores, el que más estudió fue él gracias a una hermana que se lo trajo a Caracas a los diecisiete años “para que progrese, mijo”.
Sacó el bachillerato en el liceo Fernando Peñalver y su meta era, como buen andino, ser militar “de carrera”, pero unos centímetros de menos le impidieron el ingreso a la academia. El desánimo que se le instaló por esa medida de precisión lo llevó a dejar los estudios y jugar a la dolce vita, hasta que conoció a Carmen, con quien lleva 50 años de casado:
“Una maravilla. Aquí todo es felicidad, todo es armonía. Aquí no se oye una discusión de nada. Los tres muchachos y nosotros siempre echamos broma”, comenta mientras se acerca a la reja e invita a regresar más tarde a unos niñitos que se asoman preguntando por Oliver, el viejo pastor alemán.

Yazmine2Aunque hay privacidad, se escucha a la gente cuando pasa por el boulevard. En la acera del frente hay un contenedor de basura que no huele y que, según cuenta, los trabajadores del aseo vacían tres veces al día. A un lado del arco de entrada, una señora vende pastelitos y jugo para el desayuno. Dice no haber tenido problemas con nadie en la comunidad y sentirse privilegiado por vivir en plena avenida y frente a la iglesia, “que nos cuida”.
Juan Cancio trabajó en una fábrica de embutidos durante cincuenta y dos años, cuarenta y dos de los cuales lo hizo como vendedor. Lo cuenta con orgullo y el sentido de pertenencia que confiere el haber conocido y servido a cinco generaciones de una misma familia. Por algo sus clientes, al verlo, exclamaban: “¡Llegó Gouveia!”, que es el apellido de la familia en cuestión.
Cuenta su vida como un cuento, sin dejar espacio para preguntas, y se pasea por la Caracas de los techos rojos, que pateaba de siete de la mañana a doce del mediodía, de lunes a viernes, maletín en mano, o en las tardes en alguna diligencia personal, y estrena el Boulevard de Sabana Grande, y juega en caimaneras de bolas criollas en unos terrenos de El Marqués que luego serían un gran centro comercial, y deja el juego de bolas allí y lo encuentra completico cuando regresa de comer pollo en La Mina de Oro, en Petare, y se sube a una azotea de un edificio en Chacao y ve lo lindo que pusieron al Edificio Polar en Navidad.

En lo que podría ser hoy una acepción del término emprendedor, pasó de desalojado de un inmueble en el que vivía alquilado en la avenida Mis Encantos de Chacao a constructor en un ranchito que un cuñado le vendió por ocho mil bolívares.

Antes era un arrabal al que se mudó sin papeles: ahora es una casita de tres plantas “que fui construyendo poco a poco”, dice en voz baja y con modestia, mirando alrededor, orgulloso de haber demostrado, sin épicas, ser más grande que su estatura.
Es de los de antes. Convencido de que “de palabra las cosas no sirven”, manifiesta pagar con gusto el derecho de frente y otros servicios y no oculta su admiración por el entonces alcalde López, a quién ayudó en campañas y a quien reconoce como el promotor de gran parte de los beneficios de los que hoy disfruta en el municipio, entre los cuales se cuenta ser el dueño de su propio terreno.
También la cuenta como un vals, su música preferida, aunque a veces, por instantes, pierda el ritmo. Me ofrece agua, porque “hasta la costumbre del cafecito se está perdiendo por la escasez” y comenta que para su cumpleaños no tuvo torta porque no hay azúcar. Lamenta no haber podido ir a un homenaje que le había organizado la familia en Mérida, pero un hermano de su esposa está muy enfermo “y así no hay quien celebre; ya será el año que viene, si Dios quiere.” Para entonces espera tener sus lentes nuevos que le permitirán salir de la nube que son sus ojos después de varias operaciones.
Ya no trabaja. La fábrica cerró hace seis meses por problemas con la materia prima, pero él y la señora Carmen tienen su pensión y los dos varones —uno oficial de la Policía de Chacao y el otro Ingeniero en Informática que trabaja en seguros— son profesionales y aportan. La niña, su “muchacha mía”, que canta bellísimo y estudia idiomas, consiguió un trabajito remunerado para grabar un disco con un “chivo” de una transnacional y se bandea con alguito. No hay mucha angustia con lo material. Retoma el compás.

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Su otro ritmo es el paseo. Todos los días se levanta tempranito y se va a pie hasta un parque en La Floresta al que bautizó “La Octava Maravilla del Mundo”, le da varias vueltas, saluda a las guacharacas, y se regresa a sacar a Oliver. Aunque extraña el “vicio” del trabajo, acepta que su zona ahora es otra y colabora con su esposa, a quien adora. “Todo el mundo la quiere, y en la iglesia tiene como un apostolado”, comenta riendo. “Cuando le toca planchar, yo la ayudo a cocinar lo básico, como pizca andina, carne mechada…”, y los ojos se le achinan, picarones, porque sabe que eso de básico no tiene nada. “Eso sí, yo siempre le digo que yo barro y le riego las maticas, y que ni se le ocurra dejarme sin mi chambita, porque ando mamandini”, y suelta una carcajada. Con ella tiene planes de construir una casita en un terrenito que tienen en Carabobo “cuando se consiga material”. No se detiene. Sus hijos tampoco. Los tres tienen planes de volar, aunque por ahora la cosa esté difícil.
Solo hay un bemol en su clave de Sol: su primer hijo, el mayor, murió de 14 años, hace ya más de 30. “Era como José Gregorio Hernández, y tocaba la guitarra y cantaba hermosísimo. Por eso vinieron los otros dos, para no quedarnos solo con uno.” No abunda en detalles. Solo confiesa que aún lo lloran en cada aniversario.

“La vida tiene cosas malas y cosas buenas. Como ambas implican el mismo esfuerzo, hay que pensar solo en las cosas buenas. Así la vida es más bonita”.

Lo dice un hombre que vive en el Boulevard La Luz del Mundo.


 

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La historia de estas historias

Nos propusimos dictar un taller de crónica. Nos propusimos, también, contar la historia del barrio La Cruz, en el municipio Chacao (Caracas), a través de los testimonios de vida de algunos de sus habitantes fundadores. Convocamos a miembros de la comunidad dispuestos a contar su vida y abrimos un taller de tres meses de duración en el que cada participante debía escribir (como trabajo final) la semblanza de uno de esos miembros de la comunidad. Uno pondría la historia y el otro una voz literaria para contar esa vida.

En una segunda etapa, bajo la misma modalidad y con nuevos participantes, repetimos la experiencia en la comunidad de Bello Campo, en el mismo municipio. El resultado fueron otras maravillosas historias de vida, que contribuyen a alimentar otras visiones sobre Caracas, como una forma de registrar historias cotidianas de nuestra ciudad,

Queríamos que fuera divertido y que todos aprendiéramos de todos. Estuvimos puliendo esas historias durante meses y, en efecto, nos divertimos y salimos un poco más sabios.

Y todos salimos ganando. Las comunidades, cuyas historias quedaron asentadas en este proyecto. Y los participantes, que aprendieron haciendo y conocieron otras formas de vivir en Caracas.

LEER: El taller de La Cruz: Coordenadas generales

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Agradecimientos

Queremos dar las gracias a la gente de la Gerencia de Turismo, de la Alcaldía de Chacao, dirigida por Mariana Andrade, que fomentó esta edificante experiencia, a Sebastián Pérez Peñalver, por las fotos que acompañan estas crónicas, y a Lennis Rojas, por el soporte técnico para el desarrollo de la página.

Con el apoyo de