Sitio colectivo de crónicas sobre la ciudad de Caracas

Las Eduardo

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Por Jefferson Díaz //

Cuando entras, buscas al Minotauro. Pero lo que consigues es una lotería con los numeritos mágicos del día, la bodega donde hay —nadie sabe cómo, o al menos se hacen los que no saben— algunos productos regulados. También, el cartel donde se especifican los pasos para inscribir a los niños en tareas dirigidas y una particular casa de ladrillos rojos. Instalada en el medio de la comunidad, como si extraterrestres la hubieran puesto ahí. Los vecinos la llaman “El Ranchón”. La más grande de todas. Mítica desde afuera, acogedora por dentro, la administra María Eduardo desde su última remodelación hace tres años.
Muchas veces parece impenetrable, al menos para los no iniciados. La primera vez que fui me sorprendí con la cantidad de pisos que tiene y todos los cables que salen de ella. Como conexiones neuronales aferrándose a las paredes de un cerebro de concreto. Sirven para guindar la ropa y zapatos juntados por sus trenzas. El cliché que no falta.
Una comunidad latente y unida en una simbiosis donde todos tienen algún detallito que contar del otro y se llaman a viva voz entre las ventanas. El lugar donde María Eduardo aprendió a ser adolescente, a reconocer sus rincones y protegerse de la maldad que acecha en Caracas. Su casa tiene tres números de teléfono y ninguno funciona. No sé si es un método de aislamiento o quizás mala suerte, pero la manera más rápida de entrar es gritar a todo pulmón desde la calle: “¡María, ¿estás?!”
Y sí, ella casi siempre está.

Tiene 70 años, sin hijos, y llegó hasta 9no año de bachillerato. Cuando te saluda lo hace con la cautela de quien se quedó atrapado en otra época. Con esa mirada que interpela antes de darte la mano. María es de pocas palabras y tiene un aire precavido. Cada vez que le hablo cruza los brazos sobre su pecho y se acaricia los hombros, activando una especie de armadura invisible para protegerse de mis preguntas. Lo primero que me dice es que viene de Higuerote, y de aquellas épocas recuerda correr por la calle principal del pueblo para jugar pelotica de goma con sus amigos y ponerse vestidos los fines de semana para salir con sus amigas. Hasta que a finales de los años 50 su papá decide mudarse a la capital con toda la familia.
Parece que cuando agarra ánimos para contarme parte de su vida, una pequeña voz la detiene. Algo así como el ángel y el diablo que la alertan para no irse de bruces con tanta información. En sus ojos se percibe como todas las palabras que dice son medidas matemáticamente. No sé con cuál intención, pero es un reto esta mujer que balancea sus manos entre gesticular algunas de sus expresiones y practicar un arte marcial tácito para repeler mi conversación. Me dice a cuenta gotas que vivió en unos terrenos por La Carlota: “Mi papá era el vigilante, y un día llegó el dueño exigiendo que nos fuéramos. Estaba mi mamá con mis nueve hermanos”, me confiesa luego de varios silencios.

No está acostumbrada a que le invadan el laberinto, es el minotauro que estaba buscando.

Jefferson3Todo en la casa es amplio, luminoso y con olor a comida. Ese día huele a pescado frito con ensalada. Dos personas comen en una de las tres salas, y ella me recibe con su hermana en el comedor principal.
Juliana Eduardo es más filosa y parece llevar las riendas en la casa. Desde el principio me acorrala sobre lo que estoy haciendo y si la entrevista durará mucho. Tenía 19 años cuando la trajeron a la gran ciudad. “Mamá un día venía caminando con una amiga por la zona y vieron varios ranchitos en este terreno. Preguntaron si había alguno en venta y le dijeron que sí. Mi papá compró por 700 bolívares. Pidió rebaja porque se lo estaban vendiendo en mil”. Desde ese momento, cada vez que intente hablar con María, Juliana saldrá al rescate.
Me doy cuenta de que las hermanas se unen ante el extraño que ocupa un espacio de su universo.

Uno se siente invasor. El mosquito que nadie quiere. Sin embargo, una especie de metamorfosis ocurre cuando mis preguntas se transforman en comentarios, y los comentarios en algo parecido a aceptación. Tanto María como Juliana mantienen sus defensas. Pero, en un momento de la conversación, María me da un recorrido por la casa. Un patio con batea, que tiene dos cuerdas oscilantes pegadas a las paredes para colgar cualquier cosa, y una gran jaula con dos loros. No tienen nombre, les dicen loros. La cocina está diseñada para hablar. Pegada a una pared está la estufa con sus cuatro hornillas y el horno. Nevera, microondas y una pequeña mesa plegable con dos sillas conforman el espacio para curiosear cuando se cocina. O para robar una tajada y hablar sobre las experiencias del día.
Todavía no llega el café o el vaso con agua. Estamos a la espera del próximo movimiento, de que un jab no nos agarre desprevenidos. María nunca se casó y la descendencia quedó en pausa para la próxima vida. Cuando pregunto ¿por qué?, se le nota incómoda y me sonríe con el mismo entusiasmo que le produces a tu mamá cuando te descubre en alguna travesura. Juliana salta como soldado desde la trinchera y habla de su hijo. De cómo es obrero. También vive en el Ranchón, junto con varias sobrinas.
“Mi papá era un hombre muy trabajador. Compró esta casa con una sola planta y la convirtió en un edificio de cuatro pisos. Ahorita tenemos tres cuartos alquilados a personas que trabajan cerca de la zona”. María está muy orgullosa del legado familiar. Ella administra los alquileres y me cuenta que cada mañana revisa las cuentas y está pendiente que todo fluya sin problemas en la casa. “Es mi trabajo”. Mientras que Juliana la observa con determinado análisis.

Siento que todo está planeado, que ambas ya han bailado este tango. Una sabe lo que tiene qué decir y la otra cómo contestar.

Bello Campo: El de antes

Jefferson4Estamos en una comunidad que hasta principios de este siglo dependía de camiones cisternas para tener agua. Está anclada en el este de Caracas entre una montaña y una autopista. Algunos vecinos dicen que tiene dos veredas, otros que tiene cuatro. Y todos reparten los secretos populares: como esa casa que se oculta entre dos callejones y un bombillo a medio alumbrar donde se hacen apuestas a lo grande. Se cuenta que para mantener el negocio, sin que los vecinos los denunciaran, tuvieron que comprar unos cuantos galones de pintura y revitalizar su fachada.
También están los dementores de carne y hueso que venden su mercancía para el relajo y la adicción. Todo esto unido a los pecados de pasillo, donde se critica al poder local y se condena la falta de interés comunal.
Aquí el tiempo se detuvo, lo que hace contraste con esa manía que tenemos de perder la cordialidad. Al mediodía muchas casas tienen las puertas abiertas para ofrecer un platico con sopa o el cafecito de la sobremesa. Cuando llega un extraño, muchas miradas desde las ventanas escrutan al forastero, como la suricata examinando el horizonte. Siempre hay una persona que te guía, que te pregunta para dónde vas.
No sé si será desconfianza general o exceso de amabilidad.

“Cuando nosotros llegamos en 1959 el agua se recogía de una pileta. Se hacían colas para llenar los tobos”. Juliana se acuerda de cómo esos momentos servían de noticiero. Todos se enteraban de quién peleaba con quién, cuándo era el próximo matrimonio y de dónde venían los recién mudados. “Siempre hemos sido una comunidad unida, y eso debemos preservarlo. Mi papá hacía la rumba de fin de año en la casa. Todos querían venir al Ranchón porque éramos puras mujeres. De 10 hijos, sólo cuatro eran varones”.
Parece que todo el mundo conoce a las hermanas Eduardo. En casi 45 minutos de entrevista he visto pasar a una muchacha preguntando por el favor que está pendiente, y un señor que llegó sin presentaciones, tomó un plato y se sirvió comida. Cuando le dije buen provecho, bajo la mirada y me dijo gracias. Tal parece que el extraño le arruina el almuerzo.
Aquí todos se mueven con precaución. Es incómodo sentir que eres la mosca sobre la pared. Te tratan con la amabilidad exigida por su educación, y siento que cuentan los minutos para que puedan respirar y dar rienda suelta a su verdadera personalidad.

El catalizador social

Las Eduardo son fundadoras de Bello Campo. Viven en la casa más grande y los vecinos las respetan. Siempre les avisan cuando llega el arroz, el pollo, la carne o la harina al supermercado. Siempre habrá quien grite: “¡María, ¿estás?!”.
A mi segundo encuentro procuré verme con María a solas. A ver si al menos por una vez lograba bajar sus defensas y me sorprendiera con una vuelta de tuerca que cambiara el curso de esta historia. Confieso que mi sentido de la primicia muchas veces controla mi percepción, y es por eso que casi siempre voy con los incisivos afilados y palpitando por la revelación. Ahora me doy cuenta de que esa especie de evangelización es incorrecta. Ella me lo demuestra cuando la llamo para que baje y me contesta que está enferma. Que no puede atenderme hoy. Que si quiero pase el viernes por la tarde.
Pero ya conozco el mecanismo. Ese día ella tendrá a su hermana al lado. A Juliana apoyándola para que sus palabras no sean tan largas. Para que sus expresiones sean de la medida exacta.

Voy una tercera vez y está llegando del mercado. Con dos bolsas de verduras en una mano, y las llaves en la otra. La saludo y aún no me brinda esa confianza mundialmente conocida  de los venezolanos. Ustedes saben, esa donde a los cinco minutos ya llamamos chamo o pana a todo el mundo.
Siento que la agarro desprevenida y me dice que está muy apurada. Cuando le preguntó si quiere ayuda para llevar el mercado, me da las gracias y me dice que tal vez en otra ocasión.
Mientras se apresura a abrir la puerta me comenta que si tengo otras cosas por saber que la llame. Cuando le pido que me de otro número, ella entra y escucho como el pestillo se cierra con firmeza.

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La historia de estas historias

Nos propusimos dictar un taller de crónica. Nos propusimos, también, contar la historia del barrio La Cruz, en el municipio Chacao (Caracas), a través de los testimonios de vida de algunos de sus habitantes fundadores. Convocamos a miembros de la comunidad dispuestos a contar su vida y abrimos un taller de tres meses de duración en el que cada participante debía escribir (como trabajo final) la semblanza de uno de esos miembros de la comunidad. Uno pondría la historia y el otro una voz literaria para contar esa vida.

En una segunda etapa, bajo la misma modalidad y con nuevos participantes, repetimos la experiencia en la comunidad de Bello Campo, en el mismo municipio. El resultado fueron otras maravillosas historias de vida, que contribuyen a alimentar otras visiones sobre Caracas, como una forma de registrar historias cotidianas de nuestra ciudad,

Queríamos que fuera divertido y que todos aprendiéramos de todos. Estuvimos puliendo esas historias durante meses y, en efecto, nos divertimos y salimos un poco más sabios.

Y todos salimos ganando. Las comunidades, cuyas historias quedaron asentadas en este proyecto. Y los participantes, que aprendieron haciendo y conocieron otras formas de vivir en Caracas.

LEER: El taller de La Cruz: Coordenadas generales

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Agradecimientos

Queremos dar las gracias a la gente de la Gerencia de Turismo, de la Alcaldía de Chacao, dirigida por Mariana Andrade, que fomentó esta edificante experiencia, a Sebastián Pérez Peñalver, por las fotos que acompañan estas crónicas, y a Lennis Rojas, por el soporte técnico para el desarrollo de la página.

Con el apoyo de