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Una historia: tres tiempos

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Por Loriluz Antonelli  //

En ocasiones, la conjunción de una multitud de recuerdos al unísono, muchos de ellos a retazos, fragmentados, contradictorios, avasallantes, terminan generando alguna conmoción que por instantes dejamos fluir a su ritmo, agolpando intempestivas emociones que nos hacen vulnerables, transparentes, no ante terceros, sino ante nosotros mismos, a causa de la intromisión de algún olor, objeto, recuerdo mal estacionado en el territorio de lo intangible, que nos conecta, nos hace retroceder ipso facto a quien sabe qué instante que, de paso, está condenado a jamás volver…

Esta historia comenzó a escribirse con una llamada telefónica cargada de interferencia, que sirvió de preludio para asignar fecha y lugar al que sería ese primer encuentro, una tarde de octubre excesivamente calurosa, un día martes cualquiera en la escala de valoración del tiempo, pero seguramente no para Alfonzo Flores, quien me recibió a la hora pautada en aquella casa de fachada verde, cuya única identificación es la denominación numérica 12-30 escrita con marcador, encima del vano de la puerta de madera, siempre “entreabierta”, en la Vereda El Nazareno de la Urbanización Bello Campo.

Loriluz2Aquella puerta describió su movimiento natural, que se activó a un ritmo pausado, ritmo que tiempo después descubriría que ha sido el común denominador en la vida de aquel personaje de apariencia introspectiva, siempre meditabunda, al filo de aquel ejército de emociones que con los años la mayoría prefiere mantener en los linderos externos del día a día.

Primer tiempo: la memoria encendida

La claridad que no abunda en el interior de aquel hogar y de aquella memoria, se vio reivindicada aquella tarde, al ir disipándose el único obstáculo que limitaba su ingreso en aquel espacio gentil que me recibió y que no tenía más de 12 metros cuadrados. Aquella osada irrupción lumínica develó una figura de contextura delgada, con arrugas amables, cabellos grises y un toque indiscutible de parquedad que, al mostrarse bajo aquella luz natural, hizo que lo ubicara en la escala de los 70 años, que luego, la precisión de su memoria, determinaría en 75, cuando, con absoluta claridad, expresó que había nacido en Cúcuta un 22 de Febrero de 1941.

Ya luego no serían tan claras muchas de las afirmaciones y menos claros los recuerdos de aquellos primeros años.

Con naturalidad transcurrió aquella primera conversación entrecortada por la irrupción de algún familiar, vecino ó llamada telefónica, marcando pausas, como en cualquier pieza musical. El hilo conductor —no secuencial— de aquella historia, desembocó en un nombre, un tal Pedro Urbina, nombrado a secas, como se nombra todo lo impersonal, que sirvió precisamente por la dureza de la pronunciación, para romper cualquier distancia con un pasado que la memoria ha ido almacenando a conveniencia. Se trataba de su padre, de oficio pintor de cine, quien nunca vivió con él, experiencia que tampoco tuvo con su madre, María Olimpia Flores, sino hasta después de los 21 años cuando se trasladó a Caracas a vivir en la casa que aún habita.

Casa que exhibe una serie de objetos, recordatorios palpables de un pasado que aunque duela, no se pretende borrar del todo. Al ingresar, es un sofá que muestra los estragos característicos del uso, quien da la bienvenida. Enfrente se ubica un sillón que parece ser extensión del Sr. Alfonzo, el cual sirvió durante la conversación, como diván de consulta psicológica, resguardado por una nevera y la mesa del comedor ubicada debajo de una escalera que conduce, según sus palabras, “al que será el hogar de Ronald, uno de mis hijos, que compartirá con su compañera”. Unos cuadros acompañan aquella escena, algunos obra de su padre, y uno que otro objeto perfectamente dispuesto en el mueble que corona el televisor que siempre parece estar observando a todos, mientras los hipnotiza con la retahila de palabras y signos que empalagan los sentidos hasta hacerlos ceder a su fin último, el de la adicción mediática que no se cuestiona, se traga.

Así que le tocó, y no por elección propia, el destino de pasar esos primeros años que nos definen, con una señora llamada Inocencia Fernandez, a la que siempre llamó “abuela”, sin serlo. Al recordarla, su rostro se iluminó con una gran sonrisa, similar a cuando estamos en presencia de ese postre que tanto nos gusta. En ese período de su adolescencia comenzó a formarse en el oficio de zapatero, cuando tuvo que dejar el colegio, a pesar de que le encantaba estudiar, porque la “abuela” no poseía los recursos económicos para costear los gastos que implicaba cursar el bachillerato. Fue el oficio al que se dedicaría por más tiempo, dentro de la lista de oficios que con orgullo declaró haber desempeñado en su vida, como el de sastre, latonero, mecánico, taxista los fines de semana y chofer de una carroza funeraria, haciendo traslados de noche, casi siempre los fines de semana en distintos estados de Venezuela, generalmente solo, aunque en ocasiones acompañado de la señora Flor, su compañera de vida.

Mientras narraba lo que recordaba de aquello vivido en esos primeros años en Cúcuta, como los paseos con sus amigos al río a comer pescado, los juegos de fútbol, ó “cuando cogía pal monte a coger duraznos, pa’ hacer batidos”, en la casa de su abuelo paterno, aquella mirada, por instantes delatora de emociones intensas, dejaba entrever una lágrima contenida, facilitando aquel medio acuoso el ingreso a aquellos territorios que parecía no visitar hace algún tiempo, geografías que la memoria va haciendo añicos, para evitar por salud mental o miedo tener que recorrerlas con la frecuencia que otorgan los paisajes que preservamos intactos, y que nos hacen tensar las cuerdas del alma cuando de recuerdos y emociones se trata.

Una mirada cómplice fue la contraseña para acceder juntos a aquel viaje interior hacia un pasado que las horas delatarían como huidizo, con imágenes reiterativas y amablemente dolorosas. A mitad de aquella conversación que oscilaba entre el pasado remoto y uno más cercano, apareció a mi espalda alguien que con orgullo identifico como su compañera Flor, quien desde su llegada a aquel espacio, se convirtió en la “protagonista” y “delatora” de ciertos detalles en la vida del Sr. Alfonzo, que habitualmente son más sencillos de narrar por terceros que por el protagonista de la historia, quedando la narración a cargo de la persona que él confiesa con absoluta emotividad, en un instante de distracción de ella, que “ha sido la persona a la que le debo todo lo que soy”.

Luego de un par de horas de escuchar hablar a la Sra. Flor de todo y de nada, sin estructura ni ritmo, me despedí al final de la tarde y una vez obsequiados los abrazos respectivos, acordamos con entusiasmo recíproco la que sería la segunda entrevista que se llevó a cabo con la puntualidad ya distintiva de los involucrados, un viernes más fresco, más iluminado, más amable, más íntimo de Octubre.

Segundo tiempo: la memoria intermitente

Ocupamos nuestros respectivos “lugares” para seguir reconstruyendo una historia que compartió afectos consanguíneos a ratos, porque solo a ratos veía a su padre, a un abuelo paterno, a unos tíos y a una serie de hermanastros, cuyos rostros y nombres, la memoria, por la falta de contacto, con los años va haciéndosele difícil reproducir, por lo que confiesa sin ninguna alteración especial, no recordar algunos nombres, pasando inmediatamente a fijar su mirada por un par de minutos que parecieron seguramente más largos, inmerso en su pantalón gris y sin camisa, en un cuadro de una corrida de toros que le obsequiara un nombre que no olvida: Gumersindo, intentando quizás encontrar en algún trazo de aquella escena taurina el nombre de algunos de sus hermanos. Pedrito, Santiago, Ana María menciona de pronto, de los que dice no tener noticias hace mucho tiempo y cuyos destinos son un enjambre de especulaciones, de travesuras, de afectos en vía de extinción, intensificados por la brecha geográfica.

Loriluz3Luego de varias horas de ir y volver en recuerdos casi siempre esquivos, fueron aflorando sus hijos, cuya mención inicialmente fue arisca. Recién llegó a Venezuela fue Reina Marrero, su primera pareja, con la que tuvo dos hijos, William y Evelio que ya tiene un hijo en la universidad. En aquellos años, luego de esa separación, seguía viajando cada Diciembre a Cúcuta con los niños, para visitar a la “abuela” quien días antes de su llegada, le decía a la entonces vecina de enfrente, vecina de siempre, Flor: “mañana viene el negro”, así que esa insistencia de la “abuela” ayudo a incrementar el interés mutuo, que en algún instante cambió de un interés de vecinos a uno de pareja, haciendo que decidieran luego de transcurrido cierto tiempo de noviazgo, formar una familia que ya lleva más de 20 años y un hijo: Richard, aunque la lista se extiende cuando comenta de Jean Carlos de 15 años, hijo de Judith Santana, quien conoció en uno de sus viajes a Puerto la Cruz y Ronald de 30 años, cuya mamá parece mejor no mencionarse.

Tercer tiempo: la memoria afectiva

Con un gesto reflexivo confiesa de pronto: “Hasta los 65 años tuve una salud envidiable”, posteriormente la lista de padecimientos es digna de cualquier receta culinaria, no por lo apetecible, sino por lo extensa: cálculos renales, tensión alta, hernia, problemas en la vesícula, diabetes, son algunos de los nombres que podemos citar de la lista de males que desde esa edad lo han acompañado por lo que de improviso confiesa:

“Me gusta estar despierto”.

Todos los días dice levantarse a las 5:30 para ir a comprar la prensa, ya sea Últimas Noticias ó Meridiano, porque entre las cosas que más disfruta, están los deportes, ya sea el futbol, beisbol, boxeo o los maratones. Caraquista y barça confeso, declara con entusiasmo espontaneo, luego de un silencio breve:

“Con mis 74 años al lado de mi esposa, he vivido cosas maravillosas”.

En ese instante, como en todo instante que resulta revelador, el silencio fue el invitado de honor, el traje usado, el de la emoción y como accesorios, unas cuantas lágrimas escurridizas e impertinentes, que producen repentinamente aproximaciones imaginarias de un pasado extinto, de unos afectos difuntos que pesaron tanto en sus primeros años y que luego la vida fue aligerando, dándole forma a una vida más tranquila, sosegada, agradecida con aquello que tiene, obviando aquello que no tuvo o que no estuvo. Rompiéndose aquel silencio estridente con la necesidad de dejar un mensaje para la humanidad, como el mismo indicó y que reza así:

“Vivan con amor y paz, porque donde hay amor hay paz y donde hay paz hay amor”.

Para ciertas personas, incluido el Sr. Alfonzo, llega un momento en la vida en que las dificultades, traumas y carencias de toda índole comienzan a percibirse desde una visión más armónica, aligerada de dramatismo, de conflicto, más allá de su “realidad”. Descubren sin mucha certeza inicial, como aplicar el esquivo binomio: gratitud + perdón, que marca la diferencia entre percibir la vida como una experiencia hostil o una amable. Esa variación de enfoque logra mostrarles casi por acto de magia aquello que les es esencial y que generalmente es ciego a la razón. Es entonces cuando una sonrisa, una lágrima de emoción, una frase sincera ó un suspiro espontaneo, tal cual elementos subversivos, le ganan constantemente la batalla a la “lógica contención”, porque aprenden finalmente a fluir a su propio ritmo, destejiendo a ratos ese complejo y abigarrado océano de miedos que insiste en devorarlos.


 

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La historia de estas historias

Nos propusimos dictar un taller de crónica. Nos propusimos, también, contar la historia del barrio La Cruz, en el municipio Chacao (Caracas), a través de los testimonios de vida de algunos de sus habitantes fundadores. Convocamos a miembros de la comunidad dispuestos a contar su vida y abrimos un taller de tres meses de duración en el que cada participante debía escribir (como trabajo final) la semblanza de uno de esos miembros de la comunidad. Uno pondría la historia y el otro una voz literaria para contar esa vida.

En una segunda etapa, bajo la misma modalidad y con nuevos participantes, repetimos la experiencia en la comunidad de Bello Campo, en el mismo municipio. El resultado fueron otras maravillosas historias de vida, que contribuyen a alimentar otras visiones sobre Caracas, como una forma de registrar historias cotidianas de nuestra ciudad,

Queríamos que fuera divertido y que todos aprendiéramos de todos. Estuvimos puliendo esas historias durante meses y, en efecto, nos divertimos y salimos un poco más sabios.

Y todos salimos ganando. Las comunidades, cuyas historias quedaron asentadas en este proyecto. Y los participantes, que aprendieron haciendo y conocieron otras formas de vivir en Caracas.

LEER: El taller de La Cruz: Coordenadas generales

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Agradecimientos

Queremos dar las gracias a la gente de la Gerencia de Turismo, de la Alcaldía de Chacao, dirigida por Mariana Andrade, que fomentó esta edificante experiencia, a Sebastián Pérez Peñalver, por las fotos que acompañan estas crónicas, y a Lennis Rojas, por el soporte técnico para el desarrollo de la página.

Con el apoyo de