La cola
Susana Sussmann
Tenía cinco años cuando llegó a La Cola. Volvía con sus padres de un fin de semana en la playa, cargada de sal, conchitas y helados. A los quince hizo su presentación en sociedad. El viejito del Ford negro tocó el tradicional vals con su cuatro, y ella bailó con el zagaletón del Machito. A los diecisiete (y medio) se descubrió embarazada. Buscó lápiz y papel y estuvo largo rato sacando cuentas bajo el quemante sol, hasta que tuvo alguna certeza acerca de cuál podría haber sido el culpable. Al mes ya estaba casada con el malandrín de la Caribe azul y se mudó con él y su anciana suegra. A falta de Iglesia, el matrimonio fue oficiado por unas monjas que estaban atrapadas unos veinticinco metros más adelante. Fue un varón que, con gran esfuerzo de imaginación, podía incluso llegar a parecerse al zagaletón del Machito con quien había bailado a sus quince años. Dos años después recibió su primera paliza del marido, así que tomó a su niño y al nuevo bebé y se volvió al carro de sus padres. Al llegar descubrió que su padre había muerto recién ella se había ido y que estaba enterrado en la cuneta. Su madre se había dado a la bebida, así que trató de conseguirle otro papá a los niños. Pronto entendió que nadie le podría dar la vida que ella soñaba. Pasó de un VW a un Chevette, de allí a un Honda, incluso tuvo un paso fugaz por un Mercedes, pero salía de uno y de otro cada vez más vieja y cansada, mientras sus hijos crecían realengos. Cuanto más desesperada estaba llegó a sus oídos el rumor de su madre había pasado el páramo y descansaba también en la cuneta. Así que volvió a su carro con sus carajitos. Los niños crecieron y se convirtieron en la pesadilla de su madre y de los vecinos. El mayor se dedicó a cobrar peaje a los peatones que pasaban cerca de sus dominios cuando iban de visita o a comprar helados en el camión que se veía a los lejos. El menor fue peor. Se hizo intelectual. Vivía de carro en carro buscando cualquier cosa impresa que pudieran tener sus ocupantes. A veces desaparecía por semanas completas, y volvía con los ojos enrojecidos, haciendo conjeturas acerca de la infinitud de La Cola y de que La Cola era plana porque la Constante Colológica tenía que ser igual a uno y que por eso La Cola no crecía ni se achicaba. Miraba a su madre con una mezcla de lástima y desprecio cuando ella insistía en contarle esos cuentos de hadas en los cuales hay otra vida fuera de La Cola. Cuando ella ya se había convencido de que sus recuerdos de la playa y de la casa y de los parques y de los viajes eran inventos de su mente afiebrada, La Cola empezó a moverse.
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