Ese género difuso que está a medio camino entre la investigación periodística y el ensayo, entre la narrativa y la disertación, suele ratificar algo que los maestros han demostrado con creces desde hace ya bastante tiempo: entre el buen periodista y el buen “escritor” no hay separación alguna. No en balde, algunos de los grandes escritores del siglo veinte dejaron innuerables testimonios de su apasionado y brillante ejercicio del periodismo. Y viceversa. Esto suele ratificar, también, que la buena literatura aborda con igual maestría un reportaje periodístico que una novela o un ensayo crítico. Suele ratificar, por demás, que la lectura sabrosa y aguda puede prescindir de los géneros, para adentrarse en esa heterogénea comunidad llamada, precisamente, buena literatura. Ese es el placer que se experimenta cuando se lee Despachos del imperio (Random House Mondadori, 2008), título que agrupa los textos que produjo Boris Muñoz durante su estadía en Estados Unidos (específicamente en la población de New Brunswick) durante los años de 1996 a 2003; textos que, en algunos casos, pudimos leer en las páginas dominicales de El Nacional, cuando nos deleitábamos con esas líneas cargadas de muy buena prosa y un agudo enfoque en torno a los temas tratados.
Despachos del imperio es una visita guiada al corazón cultural del último imperio sobre la tierra. Más que un estudio sistemático, estos textos proponen una conversación larga, en la cual (agrupando el asunto en diez líneas temáticas) cada idea asomada, cada comentario, cada observación contribuye a formarnos una idea, que va partiendo de una sensación brumosa para, a medida que nos adentramos en el paseo que nos propone el autor, comenzar a tener percepciones más sólidas (pero nada categóricas) en torno a cómo se ven y cómo se sienten los Estados Unidos desde adentro. Porque esa es otra de las virtudes del trabajo de Muñoz: no trata de vender una visión de Estados Unidos a partir de dogma alguno. Nos ofrece una panorámica todo lo desprejuiciada que le resulta posible, para que cada lector se forme su propia opinión y saque sus propias conclusiones.
Por si fuera poco todo el amplio espectro de temas que aborda Boris sobre lo que es Estados Unidos como nación e idea colectiva, tuvo ocasión, además, de ser testigo de una época que dice mucho acerca del estado de salud de esa nación: ese período que abarca desde la optimista era del carismático Clinton, hasta los intolerantes tiempos del belicoso Bush Jr. Y ese período incluye algunos de los episodios más significativos de las últimas décadas: el affaire Lewinsky, el atentado a las Torres Gemelas, la invasión a Afganistán, la guerra-invasión a Irak tras un invisible arsenal de destrucción masiva y el posterior laberinto en el que está enredado Bush en esa complicada e incomprendida región llamada Oriente Medio. Es decir, desde la imagen de Clinton tocando saxo hasta la de Bush vestido de aviador para alentar a sus tropas a seguir la lucha "contra el mal".
Boris inicia este recorrido mostrándonos gran parte de los ingredientes que componen el imaginario colectivo de los estadounidenses: sus celebridades (y su neurótica sed de celebridades), su industria cultural, sus lugares iconográficos, sus hábitos y sus creencias. No quedan fuera temas como Columbine y la negativa de la poderosa Asociación Nacional del Rifle a ceder en sus derechos a que los ciudadanos porten armas. Tampoco la famosa Gay and Lesbian March de Nueva York. O la demoledora visita a la exposición Sin santuario: parece que fue ayer, montada en la Sociedad Histórica de Nueva York, en la que se muestra la historia de ese largo y vergonzoso horror que fueron los linchamientos contra los pobladores negros desde finales del siglo XIX, más o menos hasta 1965. "Lo único que la separa del holocausto es que éste era industrial, mientras que lo que ves allí es una crueldad metódica pero artesanal", anota Muñoz que le comentó un amigo, luego de su visita.
Comenzando por aspectos meramente culturales, evitando los clichés, el paseo que nos propone Boris se adentra en temas más complejos, llegando a la paranoia general y cotidiana y a la profunda herida sufrida por la antes invencible autoestima norteamericana a raíz de los atentados de 11S-S, para culminar en la era Bush y su incapacidad para entenderse con el mundo. "O están con nosotros o están en contra nuestra" no es una frase que resulte, para muchos norteamericanos, una pista para responder esa, aparentemente franca, pregunta de "por qué nos odian tanto". Es decir, el norteamericano promedio, lejos de ver el largo historial intervencionista de los Estados Unidos, sólo logra verse como la tierra de la prosperidad y la libertad. Pero nadie se llame a engaño. Los análisis y planteamientos de Boris en este grueso volumen están muy lejos de cualquier maniqueismo o de trasnochadas y simplonas visiones. La claridad con la que expone la complejidad del asunto es lo que nos permite entender que no es fácil digerir, ni explicar (mucho menos sintetizar), qué es, cultural, política y económicamente, esa vasta extensión geográfica llamada Estados Unidos, última potencia sobre la tierra.
En cada uno de sus artículos, Boris nos va ofreciendo su particular visión sobre la idiosincracia y el ser de una nación que, para bien y para mal, dicta los grandes trazos de la cultura contemporánea, hasta ir armando una visión de conjunto que nos hace intuir muchos de los hilos que mueven a ese gigante, frágil y poderoso a un mismo tiempo, a cuya suerte parecemos estar amarrados. Pero, indistintamente de la agudeza demostrada por Boris en torno al enfoque de estos temas, lo que hay en Despachos del imperio, es una excelente muestra de buena literatura. Lo que se siente es un autor fino y exigente que encontró en este género el medio para producir su obra literaria.
Las semblanzas que esboza de políticos como Bill Clinton, George W. Bush y Rudy Giuliani son eficaces radiografías psicológicas de esos personajes, pero eso parece relativamente fácil, dado la clara importancia de esos personajes en la vida diaria de esa nación. Más complejo, lo cual también ejecuta con notable destreza, es la capacidad de dibujar a esos personajes que conforman la fauna de la farándula de esa nación, que habla más del americano promedio que aquellos relevantes personajes. Dejo como muestra de su agudeza, su gracia y ese bien manejado equilibrio entre distancia y cercanía del objeto de su atención, el siguiente pasaje de un texto titulado “Anna Nicole: Del mal gusto entendido como una de las bellas artes”. Para cuando lo escribió, Anna Nicole Smith aún vivía:
Que el cuerpo de Anna Nicole haya recobrado su perdido esplendor -aunque quién sabe por cuanto tiempo- tiene algo de milagroso y es, de cierta manera, una epifanía. La rubia tonta ya no es noticia sólo por su negra fama de ángel caído. Ha logrado lo que no logró Marilyn Monroe con la ayuda de psiquiatras y barbitúricos: redimisrse de aquello que la hacía odiarse a sí misma, dejar de ser persona para convertirse en un objeto de culto. A diferencia de Marilyn, sin embargo, Anna Nicole nunca ha sido una criatura frágil, sino una arribista que entendió a la perfección las despiadadas reglas de la feria de las vanidades donde habita. En ella se observa una completa consubstanciación con su entorno. La languidez que la vimos padecer durante unos años -época en la que su himanidad se volvió cada vez más voluminosa- fue causada por su alejamiento de Hollywood. Ese conocimiento la separa de Marilyn y también, desde luego, de la inmortalidad.
Despachos del imperio no sólo es un texto imprescindible para acercarse a lo que es Estados Unidos en este peculiar momento de su historia, sino que, además, es un título que se disfruta en cada una de sus 469 páginas.