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     Juegos de guerra y amargura
Rodolfo José Táriba
Mención publicación del LXIII Concurso de Cuentos de El Nacional
Sé que vienen; sé que están cerca. Los siento venir entre la hojarasca y la selva tupida. Miles de alas en medio de la noche; orugas y blindajes que aplastan todo a su paso, en dirección a nuestras trincheras. Oigo el ruido que producen en las hojas y ramas secas, y veo al primero de ellos infiltrándose en mi foso de tirador, pero un solo pisotón de mi bota lo deja aplastado, con las tripas afuera; desayuno para las hormigas. – Estos malditos ciempiés, zancudos y congorochos me tienen arrecho, ¿cuándo coño nos irán a sacar de aquí?- rezonga en voz baja Juvenal, mi compañero de trinchera. Tenemos tres días casi sin dormir, metidos de cabeza en este hueco, comiendo raciones de combate; enlatados y galletas que parecen desechos de Vietnam, por lo viejas que están y por lo duras que resultan al diente. Soportamos un sol incendiario de día y un pertinaz aguacero todas las noches. Esta mañana tardé dos horas en sacar el agua de la trinchera, usando mi tarro de aluminio: no hemos podido siquiera salir a cagar en paz, aunque estamos tan estreñidos y
estresados que no pensamos en eso. El olor a orines y a sudor penetra en la ropa y las narices, pero salir de aquí a hacer nuestras necesidades o a lavarnos es arriesgarse a salir del monte con una bala entre ceja y ceja, y, lo que es peor, con los pantalones abajo. – No me gustaría morir con el culo al aire ¿te imagináis la foto?- sonríe Juvenal, a quien las medidas de higiene le saben a bola. Pero es tanto y tan persistente nuestro hedor que ya nos estamos acostumbrando al mismo.
 
Un silbido y un resplandor silencian el coro de grillos nocturnos; una granada iluminante de mortero 81 mm. que surca el cielo, disparada desde el campamento base,
 - No sé para qué carajo, si en ese monte sólo se ven las copas de los árboles – nos dice el sargento mayor Castillo, que vino a supervisar a los centinelas e imaginarias. Vemos algo preocupante; la bengala está haciendo un ángulo extraño, muy arriba de nosotros. Desciende poco a poco aligerando su caída con un pequeño paracaídas. Es un hermoso espectáculo en medio de la soledad, la oscuridad y el temor, que me recuerda los fuegos artificiales que lanzo con mi hijo en Navidad, ¿qué estará haciendo el chamo a esta hora?, - ¡Coño, nos están alumbrando a nosotros!- grita Castillo. Todos reaccionamos agachando las cabezas, justo a tiempo; una ráfaga de ametralladora sale de la espesura, bastante alta e imprecisa, en dirección a nuestras líneas. Castillo salta en mi foso y me hunde en el barro con todo y casco, - El bruto del artillero delató nuestra posición; seguro fue el teniente Campos jugando con la mierda esa -.
A nuestros oficiales, casi todos novatos, les ha dado por experimentar con todas las armas y municiones disponibles, como carajitos sueltos en una  juguetería. Ayer, un capitán de apellido Vílchez quiso probar puntería nada menos que con un lanzacohetes AT-4, en dirección a un pequeño cerro full de chivos que salieron en carrera ante la explosión.
 – Lástima que no le dio a ninguno; hubiéramos cambiado el menú,- dice Juvenal, cansado de comer enlatados, ¿y quién no? Pero el incidente caprino trajo más cola de lo que pensábamos; Se incendió el cerro y tuvimos que apagarlo con tierra, a punta de pala-picos, antes de que delatara el campamento. Luego vino el guajiro dueño de los animales a reclamar airadamente el susto y la desbandada de los mismos, y exigiendo en su lengua (que ninguno entendió) que teníamos que pagarle; por lo menos eso inferimos de sus gestos y gritos. Todo ello por las travesuras piromaniacas de Vílchez. ¿Será que esos coños e' madres cargaban el fusil de adorno en la academia? Nosotros, los más veteranos, si estamos acostumbrados a ahorrar cartuchos; no sabemos cuando el jueguito se volverá en serio. En la frontera colombo-venezolana, aunque todo el mundo lo niegue, y los cancilleres, embajadores y delegados hablen de acuerdos y paz, hay una guerra no declarada; prueba de ello fue el tiroteo de anoche. Para la mayoría de quienes ven esto por primera vez, parece un picnic, un campamento de boy scouts. Se hacen los machos y violan todas las normas de seguridad; ojalá ninguno, empezando por mí, salga de aquí en una bolsa negra.
Después de recibir relevo en la trinchera, regreso a la carpa grande llena de huecos y goteras, donde duerme toda la compañía, pero no tengo sueño; es jodido dormir con esta intranquilidad e incomodidad, con el morral de almohada y un poncho tirado en el piso; ni siquiera puedo encender un piche cigarrillo, por prohibición expresa del comandante. Me quedan dos meses de servicio activo, "miseria", como dicen los reclutas jóvenes, después de cuatro años disfrazado de iguana, y me esperan mi mujer y un chamo. Por eso me cuido al extremo de no cometer locuras y no me ofrezco de voluntario para un coño; ¿no se supone que los oficiales deben dar el ejemplo? Además, ¿Quién dijo que hay algo romántico, heroico o patriótico en matar personas o en dejarse matar? Quien diga esa vaina es un insensato, un loco e' mierda o un suicida. Tal vez en la Edad Media, cuando los combates eran hombre a hombre, o en el Renacimiento, cuando los ejércitos europeos tenían honor, bandera blanca, redoblantes, trompetas, armisticios y todas esas pajas, podría haber algo de heroicidad. Las llamadas "Armas Colectivas" acabaron con todo eso; los alemanes usaron armas químicas por primera vez en las trincheras de Verdún hace casi un siglo, y sin disparar mucho se echaron a cientos de franceses. La pinga; no quiero ser un héroe. Quiero morir tranquilo, anciano, en mi cama y con una tumba segura. Ojalá a mi hijo no se le ocurra seguir mi ejemplo.
Una explosión sorda me saca de mis cavilaciones; se activó una de las bombas de humo rojo que pusimos como alarmas silenciosas en el perímetro del campamento, por las vías de acceso. Se activa el plan de defensa inmediata: grito, insulto, empujo y pateo a los nuevos que duermen y salgo corriendo en franela con el fusil y los cargadores colgados en el brazo, en dirección a las trincheras. El casco y la guerrera los dejé botados junto al morral; de nada me servirían en este momento. Hay más riesgo de que alcancen con morteros o granadas la carpa de circo que un hueco en la tierra.  Si salgo de primero no es porque quiera dar el frente a ese enemigo invisible que se infiltra o acerca a nosotros, es por cuidar mi propio pellejo, que mucho vale. Caigo de bruces en el foso lleno de agua fangosa porque no vi hacia dónde iba: a mi edad, mi visión nocturna es pésima.
Después de algunas ráfagas de ametralladora en dirección al monte, ordenan alto al fuego; aparentemente no hay nada en el perímetro, tal vez activó la trampa un burro noctámbulo, o uno de los hambrientos perros que se acercan a hurgar entre los desechos de comida del campamento. Se me subieron las bolas a la garganta; una infiltración al área pudo haber ocasionado la voladura de la carpa donde guardamos balas y explosivos.
Me acuerdo de la reciente masacre de Cararabo; a los infantes de marina que hacían guardia en el puesto naval los agarraron por sorpresa y los guerrilleros les cortaron la garganta, haciéndoles la llamada “corbata colombiana”, o sea: les sacaron la lengua por la tráquea. Por eso siempre llevo dos cuchillos: uno enorme de combate en la furnitura, y un puñal pakistaní de doble filo escondido en la bota. Los soldados colombianos tienen más suerte que nosotros: a ellos se los llevan capturados o secuestrados y luego los intercambian por guerrilleros presos, o los liberan como “gesto de buena voluntad” en una zona desmilitarizada; pero a los venezolanos nos tienen madre arrechera; como si el peo fuera con nosotros. Por eso nos dieron la orden de tirar a matar, cero interrogatorio y cero contemplaciones: “disparen al aire... de los pulmones” – Si alguien no contesta el santo y seña de noche, plomo limpio con él, pero estén moscas con los nuevos – nos dice el teniente Martínez al asignar los roles de guardia.
Un carajito de mi pelotón me hizo pasar un trago amargo anoche; luego del show de la bomba de humo, veo entrar a la carpa a una sombra uniformada y silenciosa que viene del monte. Le doy el alto y le pregunto el santo y seña: no me contesta, me le voy encima con el cuchillo en la mano y le meto una zancadilla, derribándolo al piso. Le pongo la hoja en la garganta y lo inmovilizo. Juvenal, que estaba cerca, oye el zaperoco y le pone la linterna en la cara, descubriendo que es Freites, un recluta nuevo de su escuadra: del susto no recordaba el santo y seña. Le formé un peo de los mil diablos, y se lo remití a Martínez para que lo sancionara. No sé quién estaría más cagado, si Freites o yo. Me da verga lo que le hice, pero no hay tiempo para remordimientos. Si tengo que echarme a alguien para salir vivo de aquí, mala suerte. Seguro que el teniente me amonesta mañana; no joda… que le dé gracias a Dios que no tenía el fusil a la mano. La tensión, el mal dormir y poco comer nos tiene paranoicos a todos; vemos enemigos por todas partes: hasta en las guajiras y campesinos que pasan a diario a pie o montados en burro, y que a veces se bajan a pedir agua o medicinas para sus hijos. Nos han dicho que muchos de ellos son informantes de la guerrilla, y que nos cuidemos.
Los ineptos del S2 (inteligencia) dan nueva información por radio: que "posiblemente" haya una columna del E.L.N. cerca de nosotros, cuarenta o cincuenta guerrilleros. Somos más de cien, pero un guerrillero entrenado y fogueado en combate vale por diez soldados inexpertos, como son la mayoría de los que están aquí. Aparte de ello, ellos tienen a su favor el factor sorpresa, la movilidad y la nocturnidad; un campamento fijo es siempre un blanco fácil, y sus ocupantes carne de cañón.
A veces me provoca preguntarles a estos muchachos voluntarios qué diablos hacen aquí, jodiéndose por unos ideales de Patria, Honor y Gloria con los que les lavan el cerebro cuando entran; sé que algunos de ellos vinieron huyendo de la miseria de sus casas. Por lo menos aquí tienen las tres papas seguras, un uniforme limpio y un sueldito mensual, que no llega siquiera al mínimo.  Antes había que perseguirlos y meterlos de cabeza en un autobús para que cumplieran el servicio. Ahora vienen por su voluntad; hasta bachilleres y  universitarios encuentra uno aquí: muchachos de clase media, no acostumbrados a pasar trabajo, que dan la impresión de que vinieran más en busca de aventuras, plomo y disciplina, que en busca de sí mismos; chamos que deberían estar a estas horas discotequeando, jamoneándose a una carajita linda y bella, graduándose; en fin, jodiendo, viviendo y disfrutando su juventud, no enchiquerados en un foso de tirador ni hediondos a muerto. La nueva propaganda militarista muestra en televisión a un muchacho llamado Enrique, que supuestamente goza una bola en el Ejército; haciendo equitación, paracaidismo, kárate, submarinismo, rappel ¡Como si uno viniera aquí a practicar deportes extremos!, pero ni de vaina lo muestran lavando sanitarios y fregando ollas, ni limpiando pisos, ni haciendo mierdera en uniforme de faena, ni encerrado en un calabozo por caerse a coñazos defendiendo su locker. No joda; equitación, como si esta verga fuera West Point; ¡dígame esa vaina! ¿equitación? lo más cerca que he visto un caballo en los cuatro años que tengo aquí fue cuando matamos uno flaco y realengo para comerlo, durante unas maniobras en El Pao. El submarinismo lo practiqué anoche, buscando un cargador de FAL que se me cayó en un charco de agua sucia.
Recuerdo que también entré al servicio por ganas de aventura, porque me aburrí de manejar un taxi, porque en mi familia no había sino burócratas y cagones que les tenían miedo a las armas y a la violencia, y porque quería ser como mi abuelo, quien decía que los hombres se hacían echando plomo, como él: su rango de Coronel se lo ganó peleando y por lealtad al Benemérito, hasta el día de su muerte. Nunca estuvo en ninguna academia, y ni falta le hizo (a mí me expulsaron por mala conducta y por eso me pudriré como sargento segundo), pero a la hora de los ascensos quien se llevó los soles y laureles fue un flaquito de lentes graduado, menos guerrero y con menos experiencia, pero más joven, inteligente y ambicioso: el general Eleazar López Contreras.
Yo me resigné hace mucho: cuando me botaron de la Fuerza Aérea por miope, lastra y mal estudiante, pensé que reclasificándome para el Ejército tendría la oportunidad de graduarme como oficial de reserva en uno o dos años y ganarme las dos estrellas plateadas por las que tenía tanto tiempo soñando y sudando. En mala hora me dijeron, después de dos años, que estaba muy viejo para ser Subteniente, que me conformara con mi rayita amarilla de sargento tropero. No pedí la baja de vaina, con la arrechera que agarré, pero decidí dejar pasar el tiempo y aquí estoy, esperando que alguien se acuerde en la comandancia de que yo existo, y que a los treinta años no puedo aspirar más que a un piche botón de reservista, a menos que me maten hoy y le entreguen póstumamente a mi esposa la cruz de las fuerzas terrestres, una bandera y una foto enmarcada; ni siquiera una mísera  y peorra pensión.  
Termino mi guardia, son las tres de la madrugada. Trato de dormir un poco, pero la información de inteligencia me preocupa y no puedo cerrar los ojos: esa ráfaga de ametralladora que nos tiraron fue una advertencia seria. Si de mí dependiera esperaría a la madrugada y ordeno retirada general, que se ocupen de ellos los locos del batallón de cazadores, que sí gozan una bola persiguiendo fantasmas en el monte. Yo no voy a salir a cazar guerrilleros en su terreno con cien recluticas cansados, escaldados, mal armados y hambrientos. Lo más seguro, si es que hacemos contacto con ellos, es que nos maten a la mitad y luego escapen a Colombia. Nosotros tenemos prohibida la “persecución en caliente”, es decir: atravesar la frontera para combatir o capturar guerrilleros. Ellos simplemente atacan por sorpresa, matan a los que pueden, les quitan el armamento y huyen al amparo de la selva y la línea fronteriza, y si atravesamos la línea indistinguible entre la espesura, corremos el riesgo de ocasionar un incidente diplomático por violación de la soberanía, y los primeros en acusarnos son los habitantes de los pueblos circunvecinos. Espero que el comandante despierte y reaccione, mientras tanto mejor duermo. Seguramente mañana escucharé el dulce sonido de los UH o los superpumas buscando aterrizar, aunque me conformo con un camión sin techo. Lo que sea con tal de salir de aquí, de este monte y de esta incertidumbre. Total, dos meses pasan rápido. Cuando alguien, tal vez uno de mis pasajeros del taxi, me pregunte qué hice yo en la frontera, no sabré que decirle; tal vez perseguir fantasmas o huir de ellos. Oigo de nuevo a los zancudos en picada hacia mi cuello, siento a los bachacos crujir entre las hojas secas, se reinician las hostilidades y mi solitaria guerra nocturna, esperando el amanecer que nunca llega...
   
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