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     Alta traición
Ibsen Martínez
Sobre el libro Alta traición, de Alberto Barrera Tyzska (Random House Mondadori, 2008)

La mañana de noviembre de 2007 en que escribí estas líneas para un prólogo, el diario El Mundo de Madrid publicó destacadamente un artículo de Alberto Barrera Tyszka (en lo que sigue, sencillamente Alberto) sobre nuestra discordia nacional, al tiempo que un cronista del Los Ángeles Times, a cargo de un reportaje sobre una gira de Hugo Chávez, citaba profusamente la edición inglesa del libro que Alberto y Cristina Marcano escribieran, al alimón y hace ya algún tiempo, en torno a la figura de Chávez, en ejemplar muestra del mejor periodismo político investigativo. No son ya infrecuentes esas menciones en la prensa internacional, como tampoco el que ninguna de ellas deje a estas alturas de informar a los lectores de ultramar lo que en Venezuela todos sabemos: que Alberto es, además, un cotizado guionista de telenovelas de éxito, producidas desde hace años en México, Colombia, Argentina o Venezuela y que en 2007 se alzó con el Premio Herralde de novela, galardón genuinamente consagratorio de los narradores en nuestra lengua. Para redondear, y va sin ánimo polémico, Alberto quizá sea el autor vivo venezolano actualmente más leído, dentro y fuera de nuestras fronteras, y la referencia que de modo más natural surge a la hora de dar cuenta del "quién-es-quien" de la novelística que en nuestro país se escribe.

De modo que no enfrento, felizmente, la tarea de "presentar" al autor de Alta traición, una selección de más tres lustros de artículos que llega a las librerías caraqueñas esta misma semana. En el curso de mi vida he tenido la suerte de conocer y hacer amistad con escritores de un único pelaje: con escritores profesionales. Para explicar mejor eso de profesional echaré mano a una observación que escuché de labios del propio Alberto durante una tertulia de lectores promovida por alguna fundación cultural.

Decía Alberto –y ojalá no traicione con mis palabras su intención de aquel momento– que hasta no hace mucho buena parte de nuestros autores, en especial de narrativa, han logrado un asiento en nuestro provincial parnaso sin necesidad de hacerse de lectores.

En efecto, editoriales, ediciones y distinciones han sobrado en la Venezuela petrolera –ahora soy yo quien habla–, así como capillas y cenáculos presididos por cimas de la literatura hispanoamericana universalmente desconocidas. Y, extremando las consecuencias de esta sencilla observación, entre las singularidades de nuestro país hallamos la posibilidad de que alguien pudiese ser tenido por escritor sin que escribir fuese realmente su oficio o, peor aún, sin que la noción de un lector a quien apostrofar, cortejar o irritar pasase por su cabeza.

No es el caso de Alberto: desde que hizo sus primeras armas, su escritura no ha tenido más vocación que "hacer contacto" y uso aquí ese giro como lo haría un comentarista de béisbol al hablar de un bateador de alto promedio.

Así ocurre con sus estupendos relatos; así con su laureada novela, La enfermedad: hacen contacto.

Tengo para mí que el atributo mejor de Alberto como articulista es su compasión, su innata capacidad para ponerse en el lugar de otros. Ello se deja ver ejemplarmente en su crónica titulada La herida del agua, a propósito de los deslaves que arrasaron el Litoral Central el último año del siglo pasado, o en su turbadora Novenario de las balas perdidas. Accidentes de su vida como guionista de TV llevaron a Alberto a vivir en México durante casi una década, pero ello no logró alejarlo de Venezuela sino, más bien, afinar una capacidad de observación que le permite discurrir sobre nuestros extravíos de los últimos años con más tino, quizá, que si se hubiese hallado entre nosotros. Es así como pone de revés una de las ideas más falaces y descaminadoras que los venezolanos jamás hayamos podido concebir sobre nosotros mismos: la de que somos tolerantes. Es el tema que Alberto aborda inquietantemente en Nosotros que somos tan divinos o en El síndrome de Tibisay.

Con todo, esos años en México –me parece; nunca lo he conversado con Alberto– lo imbuyeron de un descreimiento de todo lo tópicamente "latinoamericano" que informa las que para mí son algunas de sus mejores crónicas, aquellas en que su condición de autor-venezolano-que-vive-en-elexterior parece borrarse del todo para ofrecer una escritura hecha de lo que Valle-Inclán llamó "sabiduría desengañada" sobre el futuro de la "Raza Cósmica" tenida como un todo. Compruébelo usted leyendo el Corrido del güero Palma.

Por otra parte, la globalización, la era del "tiempo real" en las comunicaciones, lograron que ese "periodo mexicano" de Alberto no lo apartara ni un ápice de nosotros. De esa etapa son testigos sus hoy muy lloradas Quezadillas de Huitlacoche, brevísimas viñetas que contribuyeron en mucho a dotar de un aire inconfundible a sus crónicas.

Llegado aquí, quisiera hacer notar que la palabra "crónica" se queda corta cuando un autor como Alberto decide problematizar su oficio. Trasgrediendo los límites de lo que cualquier página de opinión prescribe, Alberto ha compuesto y deslizado ante nuestros ojos, como de contrabando, párrafos enteros en los que palpita casi siempre un ensayo sobre lo que somos.

Lo que sigue fue escrito hace casi diez años y aún sigue alentando: "Quien piense que Venezuela madura en una sola dirección, que sólo avanza hacia un simple juicio del gobierno, se equivoca. Todo ahora está tocado por otra mirada, por otra forma de vernos. Todo está sometido a una nueva evaluación. Para ser un país, quizás ya no necesitemos tantos héroes, tantos notables, tantos doctores." Al discurrir sobre el papel que cultura popular mexicana ha jugado en la educación sentimental de todo un continente, he aquí la idea del mariachi y la impudicia de la canción-despecho que Alberto nos propone: "Es la intimidad convertida en materia pública. Ahí radica en gran partela sensación de pena, de vergüenza. Lo confesional se vuelve estallido en medio de la plaza. Tan es así, que el mariachi, en todo sentido, es una experiencia colectiva. El goce se presta a la suma desatinada de voces, a la noción coral que democratiza la vergüenza y que propone una fidelidad a los sentimientos primarios, al reconocimiento -de cualquier manera y a cualquier precio- de que entre todos es posible ajustar las cuentas con el destino, llorar el desamor y vencer la soledad.

Ni más ni menos, en todas nuestras miserias con una pluralidad asombrosa, con una piedad insobornable. Como si quien escribe (quien vive) sólo fuera un testigo, duro, pero conmovido; feroz, pero solidario. Nunca un juez".

Con lo que el propio Alberto, acaso sin saberlo, haya dado con la clave del fervor de sus lectores venezolanos, hartos ya de notables y de caudillos y doctores: la suya es la escritura de un testigo tan perplejo como sus semejantes, de un sujeto conmovido y feroz pero siempre solidario y nunca juez.

   
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