Varios

Mínimas nostalgias caraqueñas

0 Comentarios 06 marzo 2008

Para la "Belle Epoque"

I

"It´s not the ending of the world
it´s just the closing of a discotheque"
David Byrne

La nostalgia no es una aflicción que uno suele asociar a los caraqueños. "La nostalgia del caraqueño" es una frase disonante. Al contrario que la nostalgia bonaerense, o la murriña gallega, o la saudade portuguesa. Ni la conservación de la memoria es una costumbre venezolana, ni aquello que los libros de bachillerato listan como costumbres venezolanas es demasiado afín a nuestra alma, más próxima al último ritmo dominicano y a la práctica de una suerte de potpurrí cultural que al baile de la burriquita.

¿En qué consisten las nostalgias de los caraqueños? ¿Qué cosas extrañamos? ¿Qué nos pesa lanzar al olvido en medio de una ciudad siempre improvisada, siempre en perpetua demolición. En qué consisten las nostalgias de aquellos que habitan un lugar constantemente amenazado con el derrumbe. Quizás ahora como nunca, con el desastre del deslave de Vargas, el colapso de la Autopista Caracas—La Guaira, las constantes desgracias generadas por las lluvias y el continuo agite político, vivimos en una ciudad al borde de un abismo. Con proyectos construidos mientras aguantamos ansiosamente la respiración, con edificaciones e ilusiones siempre a punto de caer, hechas con temor y a corto plazo.

No debe ser casual que acometí la labor de ordenar estas ideas el día en que se anuncia el cierre de mi bar preferido en toda la ciudad. Para mí la experiencia caraqueña está íntimamente ligada a la noche y a sus bares. Me advirtieron que puede lucir poco serio, detenerse primero en los bares, para comenzar a hablar sobre algo tan sagrado como la memoria. Pero como siempre he considerado, como buen caraqueño, que cada quien tiene derecho a descubrir su propia religiosidad, sus propios templos, pido sólo una pizca de paciencia para encaminarnos hacia esos túneles sagrados.

Para mí, como venía diciendo antes de empezar a disculparme, (práctica fastidiosamente recurrente y oscuramente narcisista, por la cual me disculpo, de nuevo) distintas tascas y bares han marcado mi vida. El anhelo adolescente por descubrir la noche, la persecución de siluetas femeninas esculpidas por las sombras, la amistad y hasta mi breve paseo por el matrimonio han estado marcados por estos modestos templos caribeños. También en mis viajes al exterior he intentado descubrir aquellos lugares fuera de la ruta turística donde en verdad sucede la vida. El CBGB o el Nuyorican Poets Café en Nueva York, el Tortoni en Buenos Aires o el mágico Zuristán en Madrid.

Total es que hoy, amanece en mí una nostalgia curiosa. Nostalgia por los bares donde creo que se pierde y se encuentra la vida, donde se hallan las entrañas de la ciudad. Quizás este bar en particular represente bien a los caraqueños de comienzos del siglo XXI.

Fue construido sobre las ruinas de lujoso restaurante francés. Aunque decir construido es exagerar. El bar conserva las mismas paredes, mesas, algunas de las mismas decoraciones del viejo restaurante. Los viejos espejos sobre paredes de terciopelo le dan al local un aire fantasmal. Encima de los restos de la recreación caraqueña de una lejana Francia que, con la crisis financiera y el cierre del restaurante, se hizo aún más lejana: una pequeña tarima para los grupos que tocan en el local. La hermosa barra, también heredada del restaurante, acompañada por un mural que dibuja las calles parisinas, y encima de estas pinceladas de fantasía burguesa, los pendones que anuncian los grupos que tocarán ese mes. Y lo más importante de todo, redibujando constantemente el paisaje: la música. La música y las personas que vienen a disfrutar son la verdadera decoración. La Belle Epoque se llama esta esquina de Bello Monte, la ‘Beye’ le decimos los amigos, para hacerla más nuestra. Una amiga que recuerda con gusto las muchas veces que comió allí cuando aún era un restaurante caro, dice que el bar es un símbolo de nuestra decadencia. Yo soy menos pesimista. A mí me parece una muestra excepcional, en medio de una ciudad que se cae a pedazos, de reinvención.

A los psicoanalistas les gusta utilizar la palabra palimpsesto para describir las maniobras del inconsciente. Se refieren a la actividad de raspar un manuscrito anterior para poder utilizar de nuevo el pergamino, práctica común a la Edad Media y gracias a la cual se lograron rescatar numerosos textos que quedaron sellados, encubiertos, bajo los escritos posteriores. La "Belle Epoque" tiene un sabor maravilloso a palimpsesto caraqueño. Sobre su fondo se rescribe constantemente esta narración que es la vida.

José Ignacio Cabrujas retoma la metáfora arqueológica, tan cercana también al psicoanálisis clásico, para pasearse por sus recuerdos de Caracas. Su tránsito por esta ciudad sin historia le genera cierto limbo existencial, cierta cercanía a una identidad de los no lugares. La arqueología a la que termina apelando, es a la arqueología de los afectos:
"La historia, la única historia posible, somos nosotros… el pasado nunca me hizo falta para vivir en ella. Por el contrario, mi pasado, sí. Quiero decir que me parece habitual, y quién sabe si lógico, haber perdido la memoria de la casa donde vivió el gramático Bello. Lo que me parece perturbador es no saber dónde quedo yo, en medio de una arquitectura que ni siquiera ha tenido la posibilidad de acompañar a una generación".1

Estaba tentado a decir que toda Caracas tiene la cualidad de palimpsesto, pero releyendo a Cabrujas me doy cuenta que esto sería verla con demasiada compasión. Más bien tiene sabor a demolición, tufo a basura y a escombro. La conservación histórica nunca ha sido nuestro fuerte, pero la epidémica desaparición de obras de arte parece el resultado de una asesino en serie ensañado con la vía pública. La columna que antes sostenía a un Colón que fue arrancado, ahorcado y desaparecido, y que ahora exhibe con orgullo la nada en medio de Plaza Venezuela es un espléndido monumento al vacío espiritual de nuestros tiempos. La hermosa escultura de Soto que antes iluminaba con colores la autopista, es ahora una triste cabellera de alambre despeinada. Da dolor cada vez que se cruza por la entrada de la autopista que conduce hacia el hogar del Presidente de la República. Y fue inevitable sentirse un poco cercano a los santeros cuando la majestuosa Maria Lionza se rompió en dos a la altura de la monumental cintura de la diosa.

V. S. Naipaul comienza la novela "En Busca del El Dorado", en que recrea el espíritu de los caribeños, describiendo a la zona como carente de historia. "No había monumentos: nadie los echaba en falta", escribía en las primeras líneas. Mucho se ha dicho que los venezolanos somos un país carente de historia, con facilidad para el olvido, por ende repetidores compulsivos de una historia colectiva fatídica. Capaces de reelegir una y otra vez a los mismos presidentes fracasados o versiones de ellos (el que no recuerda, repite, afirma el psicoanálisis).

Mientras otras latitudes recurren a sus pasados gloriosos para rellenar las faltas de la vida cotidiana: el Coliseo, las obras de Shakespeare, las Libertad, la Igualdad y la Confraternidad, los venezolanos o nos concentramos en el presente o languidecemos con la sensación difusa de que la plenitud es un don de otros territorios.
"Tal vez sea todo culpa de la nieve
que prefiere otras tierras más polares,
lejos de estos trópicos.

Culpa de la nieve, de su falta,
— la falta que nos hace
cuando oculta sus copos y no cae,
cuando pospone, sin abrirlas, nuestras cartas.

Sí tal vez la nieve,
tal vez la nieve al fin tenga la culpa…
ella y los paisajes que no la han conocido,
ella y los abrigos que nunca descolgamos,
ella y los poemas que aguardan su página blanca."

Así escribe el venezolanísimo Eugenio Montejo un poema que es como un largo suspiro. Otra poeta Miyó Vestrini lo decía con un poco más de ironía caribeña, cuando escribió: "Maiquetía, la ciudad más hermosa de Venezuela". El aeropuerto internacional quedó así marcado como el lugar donde residen nuestras nostalgias.

En palabras de nuevo de Cabrujas:
"Caracas pertenece al ámbito de la destrucción deliberada, como un ladrillo erróneo que termina por no dejarnos satisfechos. Caracas es una ilusión de inconformes, y asumirla de otra manera es, sencillamente, creer que vivimos en otra parte y no en lo que hemos fabricado, mientras tanto y por si acaso."

Como si Caracas fuese una ciudad posada sobre las cornisas. Como si nuestro lugar fuese el borde del balcón. Siempre a punto de volar lejos. O a punto de saltar. Con la añoranza por el vuelo y al mismo tiempo con el vértigo por las caídas.

La acentuación de la crisis económica, social y política ha significado también el aumento exponencial de la emigración venezolana. La multiplicación de venezolanos poblando a España, Estados Unidos, México, Inglaterra, Canadá, etc. ha producido efectos como la de la comunidad de Weston en Florida, apodada ahora Westonzuela, por agrupar a tantos venezolanos repatriados.

Los venezolanos desde el exterior transmiten confusión por la nostalgia que los embarga. Cuando alguien viaja a visitarlos piden que les lleven las cosas más curiosas: comida enlatada como "diablitos", una foto del cielo decembrino, un potecito lleno de arena de las costas de Aragua. Algunos comienzan a escuchar y a cantar las canciones de Simón Díaz por primera vez en sus vidas, como buscando algo, intangible. La sensación de entrar a un bar que ya no existe, ver a las niñas bailando solas como al borde del abismo, mientras se escucha música de todas partes del mundo, en un local decorado con pinturas de París.
II

"A mí me es fácil olvidar."
Gustavo Cerati

En estos años en que tantos amigos se han ido al extranjero, tengo la sensación de que han comenzado a aparecer en todos los venezolanos, los que se fueron y los que nos quedamos, nostalgias indefinidas. Los caraqueños en el exterior reportan extrañar pedazos, sólo pedazos, de un no sé qué llamado hogar. ¿Nostalgia de qué?

Milan Kundera, en su novela "La Ignorancia", escribe:
"En griego, ‘regreso’ se dice nostos. Algos significa ‘sufrimiento’. La nostalgia es pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos pueden emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia) y además, otras palabras con raíces en la lengua nacional: en español decimos ‘añoranza’; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto… En español, ‘añoranza’, proviene del verbo ‘añorar’, que proviene a su vez del catalán enyorar, derivado del verbo latino ignorare (ignorar, no saber algo). A la luz de esta etimología la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos y no sé qué es de ti. Mi país está lejos y no sé qué ocurre en él."

Esta cita me llamó la atención, entre otras cosas, por la súbita aparición del catalán en medio de la añoranza. Me trajo de nuevo la imagen de mis abuelos que vinieron de Barcelona para Venezuela luego de la Guerra Civil Española huyendo del régimen franquista. Parte de la vida de mi abuelo se consumió en el intento de preservar una cultura prohibida por la dictadura. Escribió numerosos libros en catalán. Libros que parecían estar destinados a nos ser leídos. Libros en un idioma prohibido, que se encontraba sólo en la clandestinidad de las esquinas donde no escuchaba el régimen y desperdigado por el mundo a través de aquellos que se refugiaron en el extranjero. En más de un sentido, supongo que su vida se fue en añoranzas.

No fue sino hasta la tercera década de mi vida que conocí a España, al pueblo de mi abuelo y a las calles de Barcelona. Allí tuve una experiencia muy curiosa. Algunas imágenes me resultaron misteriosamente familiares. Sobre todo los olores de las cocinas y los colores de las cerámicas que se repetían en las paredes y las fachadas de algunas construcciones. Algo de ese lugar desconocido, era mío. Eran por supuesto, los olores y los colores conservados de mi infancia, de la cocina de mi abuela, que hasta ese momento, no sabía que almacenaba tan rigurosamente en mi memoria. Alguna combinación dominguera de aceite de oliva y ajo. Descubrí que algo de mis nostalgias residían en esas calles que nunca antes había transitado.

Quizás así sean muchas de las nostalgias caraqueñas. Las nostalgias de unos tambores lejanos que jamás hemos escuchado, las temperaturas de unos fríos que hace mucho que no nos pertenecen. O quizás sean nostalgias más cercanas. Nostalgia por las imágenes del programa de televisión que vimos en la tarde o por las fotos de la sección de turismo del diario del domingo. Las nostalgias de nuestros tiempos, los recuerdos que se almacenan a ritmos de video—clip, en los archivos etéreos del cyber-espacio. Debo al caraqueñísimo escritor Daniel Pradilla, la referencia de Douglas Copeland sobre la "Ultra Short Term Nostalgia", con que describe a la generación de adultos jóvenes de finales del siglo XX; y que consiste en "extrañar el pasado extremadamente reciente, como en: ‘Dios, las cosas parecían mucho mejores en el mundo la semana pasada’2.

En una ciudad en que los puentes se derrumban, las promesas no duran hasta las próximas elecciones y las construcciones emblemáticas no acompañan el transcurso de una sola generación ¿qué podemos extrañar? ¿Qué nos duele haber perdido? ¿Qué les duele ignorar a los caraqueños que están lejos? ¿Qué les hace falta? Seguramente no la inseguridad ni el caos, las trancas interminables en la autopista, los días en que se va el agua, los buhoneros, los huecos. ¿Serán los años del ‘ta barato dame dos’? ¿Será un país hecho de rumbas y excesos?

Yo no viví la bonanza de los petrodólares. Cuando yo era pequeño escuchaba a los adultos hablando a risotadas o vergüenza de una década de locura. Era una añoranza de algo grotesco y chistoso: "Sola te quedaste, terruño te añoro, Miami te adoro, sólo pienso en ti, Kingdom Jai Alía, cubanos y gringos, que triste un domingo, sin Miami Beach", rezaba una canción de los ochenta.

Pero la mía ha sido una generación criada en crisis. Mi cumpleaños número diez llegó junto al Viernes Negro. Mi experiencia caraqueña siempre ha estado contaminada por el smog angustioso de un porvenir incierto. No, no es esa nostalgia la que percibo aglomerada en las redes virtuales de los venezolanos. Hay algo nuevo en la nostalgia venezolana, por lo menos en la caraqueña. Mi generación ha disfrutado y sufrido los rigores de Caracas. Su agite, sus mezclas continuas e improbables, sus noches colocadas al borde del abismo. Su falsa impresión de pesebre tiritando pacíficamente en la vista nocturna. Su furia. Y en medio de la furia, sus risotadas.

El venezolano extraña el último chiste que salió en contra del gobierno, los zapatazos de Zapata, las vulgaridades de una docena de comediantes, las reuniones ruidosas entre amigos, los absurdos tragi—cómicos de nuestra realidad. Algo de regocijo resignado hay tanto en simpatizantes y opositores en las imágenes de nuestro presidente enloquecido diciendo barbaridades en los noticieros internacionales. Ahora las noticias mundiales incluyen de tanto en vez la última farfullada diplomática que nuestro gobierno emitió en contra o a favor de la globalización, o la salida boliviana al mar, o el estado de las aguas contaminadas del Bronx, o saludos afectuosos a terroristas como El Chacal… El desconcierto del mundo es nuestro día a día. El absurdo nuestra tradición principal.

Es un lugar común decir que la ciudad de uno no son más que tres o cuatro cuadras por las que uno pasa todos los días y donde han sucedido los acontecimientos centrales de nuestras vidas. Creo que ese lugar común tiene mucho de cierto. Quizás por eso, para mí Caracas no sea más que tres o cuatro bares. Donde me encuentro con otros y nos escondemos por un rato de una realidad siempre demasiado avasallante. Donde el tropiezo puede ser el comienzo de un destino. Donde por instantes bailamos juntos al borde del abismo.

Esta noche pienso ir por última vez a ese sitio. Me voy a permitir ese mínimo ritual. Voy a ser piadoso a mi manera. Uno de los dueños y creadores de la Belle, Ricardo, un joven que vino de Mérida a trabajar como barman en la capital hace ya varios años y que con su ingenio logró inventar sus propios locales, le escuché una vez exclamar: "¡Alegría! ¡Alegría! Mi palabra favorita es alegría. A veces me meto a beber y voy por todo este puto bar chocando con la gente y gritando ¡Alegría! ¡Alegría!".

Así es Caracas, en sus mejores momentos, un lugar donde chocamos de alegría, donde la confraternidad logra sobreponerse al caos, un lugar donde todavía quedan espacios para el descubrimiento. Hay un tipo de caraqueño que es el que siempre se está recreando. Me refiero a divirtiendo, me refiero al sentido recreacional del término. Quizás también exista otro tipo de caraqueño, capaz de hacer justicia a la otra acepción. Un caraqueño, capaz de utilizar esa alegría de manera creativa, reinventándose y redescubriendo la vida a pesar de la crisis.

Busco en esa idea, como en este poema de Fabio Morábito una esperanza:
"¿Cómo orientar la casa,
cómo orientar lo que no tengo?

Yo sé que cada muro
es el comienzo
de una nueva casa,
es el atisbo de una casa
aún posible,
de otra manera de vivir.
Quiero una casa que no apague
esos vislumbres,
que no se oriente hacia ningún
país feliz,
que esté empezando siempre,
sin ángulos mortales,
sin muros decisivos
ni esfuerzos muy profundos
(estoy cansado de heroísmos).
Quiero una casa
que se oiga,
que no haga esquina,
que no haga puntas,
que no haga ningún verde
previsible.
Quiero una casa que regrese
a la primera piedra cada día,
que se despoje de sus muros
en la imaginación de los que duermen,
que ayude a conciliar el sueño,
que sea una casa abierta
a toda profecía."

III

"Hay lugares que subsisten solos
llevan su lugar consigo
viajan dentro de ti."
Augusto Roa Bastos

Recientemente el relato de un joven caraqueño que vivió cinco años lejos de aquí sobre la manera en que extrañó a Caracas mientras estuvo afuera, me ofreció una clave. Me contó que tuvo un sueño recurrente en que se paseaba por las calles principales de su nueva ciudad admirando los edificios. Hasta que sentía que necesitaba hurgar entre los intersticios de las construcciones. Introducía sus dedos entre dos edificios y mágicamente, como si fuese un gigante, lograba apartar las dos paredes hasta poder vislumbrar el horizonte. Detrás de los dos edificios apartados por una maravillosa operación inconsciente aparecía a la distancia, como saludándolo: el Ávila. Luego amanecía llorando. "He escuchado, que los caraqueños que no se llevan una imagen del Ávila cuando viajan al extranjero, enloquecen"— me explicó.

Nunca había escuchado eso. Pero lo comprendí perfectamente. Algo de esa anécdota me ha estado dando vueltas las últimas semanas. Algo de esa imagen calza con estos años de despedidas de amigos y reencuentros siempre demasiado breves. La imagen del Ávila, es una de las nostalgias auténticas, una de las cosas que en verdad extrañamos los caraqueños. Aquello que ha acompañado la experiencia de vivir y sufrir nuestra ciudad.

La psicología del siglo XX, desarrollada a partir de la tradición moderna, trabajó tenazmente intentando "descubrir" las verdades del alma o de la conducta (según las palabras que prefiera utilizar cada escuela psicológica). Uno de esos "Caminos de El Dorado", hacia las verdades psicológicas, lo constituyó la búsqueda del sí mismo, o el Yo. Así surgieron conceptos que aludían a la existencia de un "verdadero Yo" que el proceso terapéutico podía ayudar a "descubrir" o "encontrar". Conceptos como el "falso self" de D.W. Winnicott, la "individuación" de Carl Jung o la "autenticidad" de Carl Rogers, nos invitaban a un viaje de descubrimiento personal.

Otras corrientes culturales empujaban en direcciones análogas, influyendo en lo que muchos especialistas han denominado "identity politics", o los temas de distribución del poder que ocurren en las sociedades en torno a las concepciones de identidad defendidas por distintos grupos. La población negra norteamericana por ejemplo, retomó así su herencia africana, haciendo un "regreso a sus raíces" que ayudó a renovar un sentimiento de orgullo comunitario y darle coherencia al movimiento de derechos civiles que desarrollaron con valentía. Algo parecido surgió con el movimiento feminista. En la lucha contra los regímenes autocráticos, la conservación de las identidades regionales contribuyó a mantener una vivencia de hermandad y sentido a grandes poblaciones europeas cuyos idiomas, tradiciones culturales y vivencia histórica habían sido prohibidas por dictadores como Franco en España o los totalitarismos comunistas en Europa Oriental.

En medio de estos discursos de la "identidad verdadera", los venezolanos nos hemos sentido un poco inquietos, un poco al margen. Como carentes de una mitología compartida que nos agrupe y defina, incómodos con las imágenes de arpa, cuatro y maraca que el discurso oficial nos ha querido imponer, pero que no nace espontáneamente sino de la experiencia de sólo un grupo de venezolanos. Atravesados por el pastiche cultural proveniente del intenso flujo migratorio del siglo pasado y la herencia mestiza de nuestra historia, la "verdadera venezolaneidad" suena al slogan de una cuña de cervezas, más que a una experiencia vital.

Pero hacia finales de siglo, numerosas corrientes de pensamiento comenzaron a cuestionar la noción de identidades esenciales y a considerar a las expresiones de identidad cultural como producciones fluidas, múltiples, conversacionales, construidas a partir del discurso y no sellados con fuego en nuestro cuero psíquico como una marca de ganado. Empezaron a crecer las teorizaciones que plantean la existencia de "múltiples concepciones de yo" dentro del funcionamiento personal y la sustitución de la noción de "descubrimiento" personal por la de "exploración" y "traducción" sin la posibilidad de aterrizar algún día en la orilla de la tierra prometida de quién "en verdad" somos. Se comienza a reconocer que la cultura actual está invadida por numerosos discursos provenientes de las más múltiples tradiciones que hacen que una persona pueda ser simultáneamente mujer, católica practicante, médico, madre, aficionada a la música caribeña, heredera de las tradiciones falconianas de su familia materna y admiradora de la cultura porteña de su padre, exploradora apasionada de todas las posiciones del Kamasutra y caraqueña sin que cada una de estas influencias necesariamente niegue, ni se integre de manera lógica y coherente entre sí, esto sin ni siquiera incluir las variaciones que la edad y las distintas etapas de la vida van introduciendo en estas combinaciones. La identidad comienza a ser vista como una amalgama, un collage experiencial, producto de las diversas y crecientemente múltiples influencias a los que nos somete la vida contemporánea. 3

En el caso del caraqueño, esta vivencia de una identidad regional construida a partir de parches que tienen escrito en las esquinas "Made in China" o "Made in Perú", es lo común. Para seguir robándole a Cabrujas:
"No hay un modo caraqueño de Caracas. Hay un modo caraqueño de sus habitantes en un cierto dejo fonético que, según comprobé, hace reír a los mexicanos. Hay un modo caraqueño en la sazón que nos hace utilizar la salsa inglesa maraca Perrins para distinguir gran parte de nuestra culinaria. Hay eso que llamamos ‘guasa’, verdadero asiento de una picaresca que en ocasiones sustituye al carácter. Somos unas personas amantes de las aceitunas y de las uvas pasas californianas marca Sun Maid. Preferimos un dejo ligero en la cerveza y abucheamos a los pitchers cuando salen de la caja y lanzan a primera. ¿No es una identidad? —me he preguntado a veces sin que me importe demasiado la respuesta. Me bastaría un murmullo en una calle de Helsinki para reconocer a un caraqueño, me bastaría verlo de reojo en un bazar en Samarcanda, eligiendo un tomate, y lo gestual me lo haría fraterno, como los saludos masónicos. Pero en ocasiones, regresando de algún viaje, suelo fantasear en el trayecto de la autopista que me lleva a casa, que soy un extranjero hasta hace poco dormido en el avión, y que ahora abre los ojos, con la desesperación de saber adónde ha llegado. Para ser franco, no lo sé muy bien."

Esta hallaca conceptual que somos, esta manera cachito de jamón y coca—cola en la panadería del portugués de ser, nos provee de libertad, apertura al mundo, pero en ocasiones también nos inunda de caos, falta de continuidad, de sinsentido, de autodesprecio, de mirada constantemente puesta en el afuera, de superficialidad.

Cabrujas termina el hermoso artículo, "La Ciudad Escondida", que he utilizado hasta el abuso a lo largo de este escrito, resumiéndonos así:
"¿Cómo es su casa? Como yo mismo, si no la miro desde afuera.
¿De qué está hecha? De pasaporte roto. De pasaje de ida. De déjeme ver.
¿Dónde se encuentra? La de verdad, se me perdió. La de mentira, esperándome."

Por eso me llama la atención estas nostalgias caraqueñas que creo ver en los mensajes de los amigos y las comunidades virtuales de los venezolanos de comienzos del siglo XIX. Esa nostalgia que acompaña el cierre de un bar. Por eso también me parece tan importante la imagen del Ávila. En medio de tantas fuentes culturales, en medio de tanta información y tanto cambio, también es cierto, que el ser humano requiere de la presencia constante, cálida, confiable de un otro. De algo vivo y compasivo que confiera de continuidad a la experiencia, de algo que permita contener la avasalladora multiplicidad de la experiencia.

El trabajo de un psicoterapeuta a menudo consiste en acompañar serenamente las vivencias convulsionadas de las personas que atiende. Su mayor tarea en ocasiones es simplemente estar presente, una y otra vez, de manera puntual, confiable, empática; pero a la vez sosegada, sin euforia ni desespero. Así es quizás el Ávila. Observando de lejos, callado. El psicoanalista de una ciudad que observa con cariñosa desaprobación. Acompañando con calma su agite, su desorden, sus accidentes de tránsito, sus desencuentros amorosos, el matraqueo, el ruleteo, el atropello, la rumba, los secuestros, las promesas de la próxima elección, los fuegos artificiales a final del año, los cielos imposiblemente azules de diciembre y enero, los adolescentes robándose besos en las faldas de sus caminerías, los cadáveres que producen los fines de semana, su furia. Su presencia muy bien no ha servido para desenredar las marañas del deseo y carencias que se tropiezan en la calle, pero sin duda nos ha hecho la convulsión un poco más benévola, nos ha acompañado un poco mientras observamos el abismo.

Estas asociaciones han salido como pensando en lo nostálgico que no hemos sido. Algo así como nostalgia de los nostálgicos. Por alguna razón se entrecruzan con sonidos provenientes de un bar y canciones de Soda Stéreo. Sí, ya sé, pareciera que no tiene nada que ver. Pero como escribió el poeta Alfredo Herrera: "no pregunten, no pregunten nada, la tarde hace conmigo lo que quiere". Mi generación descubrió en Soda Stéreo algo que sonaba a Caracas. En los bares bailamos con una música que tenía la fuerza de las ciudades latinoamericanas: "Me verás volar, en la ciudad de la furia, donde nadie sabe de mí y yo soy parte del todo." Quizás, al fin y al cabo: "De aquel amor de música ligera, nada nos libra, nada más queda".

Ahora, aún cuando intento cultivar la nostalgia en los templos mundanos de los bares caraqueños y el rock argentino, sé que los recuerdos son sagrados y están sellados dentro de nosotros con un beso divino. Que escribo como tratando de recordar, que a la vez escribo como tratando de escapar de los recuerdos. Sólo se tiene acceso a ellos a través de oraciones remotas. Por eso cierro con un relato escrito por Elie Wiesel, Premio Nóbel de la Paz, quien ha dedicado su vida a la sagrada labor de la conservación de la memoria histórica de los pueblos:
"Hay en la Biblia una mujer que a mí me gusta mucho; se trata de la mujer de Lot, el sobrino de Abraham. Los ángeles bajaron para anunciarle: ‘Sodoma va a ser incendiada por ser una ciudad pecadora. Apresuraos, partid pronto, pero no miréis nunca hacia atrás.’ Todos los que estaban con Lot obedecieron la orden, según los designios de los ángeles, menos su mujer, que volvió la vista atrás, y ustedes ya saben lo que le ocurrió, porque lo dice la Biblia: se convirtió en estatua de sal. De acuerdo con algunas leyendas, dicha estatua todavía existe en alguna parte. Pues bien, yo tiendo a estar de su lado. Es tan humano mirar hacia tras. Ella iba a dejar su casa, una parte de su familia ¿cómo no querer mirarlos una última vez? En lo que a mí respecta, yo miro hacia atrás todo el tiempo."


  1. José Ignacio Cabrujas. "La Ciudad Escondida". En "Caracas en 20 Afectos", editorial Fundación Museo Jacobo Borges. 1988/1999.
  2. Douglas Copeland. "Generation X". 1991.
  3. Ver "El Yo Saturado: dilemas de identidad en el mundo contemporáneo", de Kenneth Gergen. Editorial Paidós. 1997.

Otros artículos por

Bibliografía:
Vaca peligrosa y otras aves migratorias (poemas, 1999), Poema para un lunes bancario (poemas, 2006) y Terapia para el emperador (ensayo, 2007).


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