Tal vez Jacques Lacan lo sabía más allá de la simple intuición sensible que llevan los sabios del alma adherida en los pliegues más insospechadamente profundos de su conciencia “científica”. El llamado “principio de sincronía o coincidencia recíproca” no es una simple coartada o ardid semántico. Alguna vez, de eso ya hacen uno poco más de veinte lunas, el gordo Federico Ruiz Tirado, el poeta Octavio González y el infrascrito, extraviados en medio de la niebla de las madrugadas merideñas, quisimos escribir, en medio de la zozobra logomáquica que produce el alcohol después de dos días sin comer, un ensayo parecido a ninguno de los que hasta este momento se había escrito en materia de escarnio y cinismo irresponsable e incivil: el libro en cuestión debía titularse algo así como “Poesía, mayonesa y depresión: las tribulaciones de la reina alcachofa”. Dos décadas después de aquellos incendios magnánimos: Federico está en Buenos Aires, tomando vino y preparando carbonaras con esas inigualables panzetas argentinas y mi entrañable Octavio vive y estudia en España terminando un Doctorado en Literatura, escribiendo narrativa y poesía como si fuera a morir esta misma tarde. Entre tanto yo gasto mis días esperando mi turno para cruzar mi aqueronte sin el más mínimo sentimiento de culpa por haber vivido así como viví mis 45 años: atenazado por la tríada implacable de la Poesía, el Vino y la Rebelión.
Pero hay acontecimientos que por sí mismos justifican haber vivido una vida, aunque ésta haya sido lo más parecido a la precariedad ontológica. El vértiginoso mercado editorial venezolano no cesa de lanzar a los anaqueles de librerías libros de las más inimaginables procedencias: así por esa especie de ley de la indeterminación, esa rara combinatoria de “azar y necesidad” viene a mis manos el libro de Leonardo Padrón titulado: El amor tóxico, editado por el ya prestigiosísimo sello bid & co. Editor. Me apresuro a acotarlo antes que lo olvide: en un país donde el promedio del tiraje editorial de un libro de poesía está en el orden vergonzoso de 300 y 500 ejemplares; esta odisea artística se constituye en una balsámico y beneféfico escándalo literario que viene a revigorizar el panorama literario nacional de la última década.
El autor de El amor tóxico es tan reconocido en Venezuela que cualquier cosa que digamos aquí nunca pasará más allá de un lugar común o una anecdótica “cosa sabida”. Hace unos 5 años una amiga me contaba estremecida por el asombro que en una calle de Budapest un transeúnte, a la espera del cambio de luz del semáforo, llevaba una edición de un poemario de Leonardo Padrón: ¿es común eso entre nuestros poetas venezolanos?
Al libro, porque este preámbulo se está poniendo fastidioso: La página 5 del libro nos obsequia un paratexto único e insustituible de Alejandra Pizarnik, esa santa suicida que no supo soportar tanto exceso de tóxica realidad. Los versos de Pizarnik dicen:
“Caer como un animal herido
en el lugar que iba a ser de revelaciones.”
Estos sobrecogedores y enigmáticos versos tienden un manto de sacral reverencialidad al frontispicio del poemario. Sabe acompañarse Padrón; sabe, tal vez demasiado, que su inquieta ansia de sabiduría poética lo impulsa a buscar interlocutores funanbulescamente lúcidos y arrebatadamente inteligentes como él.
EL AMOR TÓXICO comienza su navegación por mares ignótos de la poesía en un tiempo irremediable: el pasado. Así titula su primer poema el escritor.
El libro abre sus esclusas de magnificencias expresivas reivindicando el milenario oficio de escriba: en sus páginas no se recita ni se lee un texto poético: se rezan los poemas. Un espíritu de religiosidad sin religión exhalan las páginas de este hermoso libro.
El pasado del bardo es una réplica de una existencia paradisíaca, lo adánico es el signo que destaca en esa perdida felicidad inmemorial en que aún se podía arengar a un grupo de desahuciados para persuadirlos de que su condición nunca iba a ser peor que la del delincuente que funda una entidad bancaria.
La metaforización de la poesía de Padrón es extraída de los socavones de una urbe indomeñable que lo mastica y tritura y lo vomita todos los días con el mismo tierno fervor con que sus habitantes se aferran a los ficticios hilos de salvación colectiva que proliferan por doquier en nombre de proceratos desteñidos y gastados de tanto malsana utilización con fines inconfesables.
Es perturbadora la poesía de Leonardo Padrón: por ejemplo; el deseo carnal o metafísico, en otro contexto, la vehemencia y la pulsión individual del sujeto que quiere un jirón de felicidad hic et nunc es la despellejada sinonimia de una lepra incurable. Es como para arrancarse los ojos cuando el poeta profiere:
“Si digo techo,
¿por qué no ocurre la sombra?"
Son las eternas interrogantes que quitaron el sueño y enfermaron de insomnio a toda una generación de poetas de la generación perdida de los años violentos. Sólo que este escritor ha aprendido la lección del decir donde está en juego la vida con tan pocas palabras que a veces creemos que quiere callar del todo para decir lo que urge decir. Las preguntas sobre el mundo son inagotables: siempre habrá una interrogante que recuse los tinglados discursivos que sustentan los tejidos apologéticos que loan a rabiar lo realmente existente-constituido. Las preguntas de este libro son disolventes algunas, demoledoras otras. Eso sí, jamás inocuas.
Leonardo Padrón hermana dos gigantes de la prosa narrativa; él sabe de la indestructible filía gnoseológica de la lengua castellana: Augusto Monterroso y Jorge Luis Borges. No olvide el lector que Padrón es uno de nuestros tótems de la narrativa nacional y como tal siempre anda tomado de la mano de los espíritus ecuménicos, de las sensibilidades universales.
Particularmente me rindo ante la terrible belleza de un poema titulado “LA AMBIGÜEDAD”.
El poeta ha atesorado durante toda una vida dedicada a la lectura una asombrosa cauda lexicográfica que lo convierte en un admirable exponente de faquirismo verbal. Los más inimaginables opositum verbales, las más abruptas antípodas léxicas, oxímoron como este: “Ella bestia aunque realmente arcángel” convierten “AMOR TÓXICO” en un auténtico poemario imprescindible para soportar la marabunta de incertidumbres que se ciernen sobre el turbio y revuelto estado de ánimo del volkgeist.
Contra el sentido común programado por el logos instituido, el poeta sostiene en un texto memorable titulado “Poema del colesterol”, que no es cierto que el amor sea una entidad unívoca, buena por naturaleza; según el poeta el amor no es una panacea. El amor duele, el amor mata, enloquece, aniquila como los triglicéridos a que se ve compulsivamente emplazada una nación cuyo rasgo distintivo es la inversión del código.
Son poemas agonales, textos del abismo y los límites donde la abyección pocas veces cede su lugar a la sacralidad, pese a los titánicos esfuerzos del corazón. Me fascinan los finales desconcertantes de los textos poéticos de Padrón. Alguien que lea el poema titulado EL ADICTO sabe que sólo a un poeta con un espléndido dominio del idioma de Cervantes, le está permitido este tipo de transgresiones y de cabriolas lingüísticas que descolocan al lector y le dicen: —¡Epa, tú, nuestra lengua no es el cartabón a que estás acostumbrado! Lee aquí y verás la inconmensurabilidad y la riqueza inagotable que nos legó Bello, Pérez Bonalde, Baralt, Lazo Martí, Sánchez Pesquera—. Leonardo Padrón es artífice y emblema de una tradición poética que viene de Paz Castillo, Ramos Sucre, Cadenas, Montejo, Rojas Guardia, etc.
Prueba irrefutable de que Padrón es la viva personificación del hombre que vive hasta el último segundo su tiempo histórico y no lo evade, es este texto que quedará para la posteridad:
Mi país se da golpes contra las paredes
Y yo no sé si podré obviarte
En este mapa de huesos confusos.
Caracas arde
Sin la conjeturas del sol.
Y el día es un alazán desconcertado.
(última hora)



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