Angel Gustavo Infante es, en cierta forma, un autor cauto. Desde 1986, cuando se dio a conocer con «Cerrícolas», su producción literaria ha sido breve. Esta característica es atribuible a una convicción (obsesiva, como todas las convicciones de los narradores) de que los textos deben madurarse con paciencia. Y él es fiel a ese precepto. Tanto, que su obra literaria, aunque escasa, ha sabido esperar su momento. «Yo soy la rumba», por ejemplo, es un libro del que aún quedan cosas por decir. Ese maravilloso recorrido por la música de los últimos treinta años (la caribeña y la sajona, nuestras dos grandes influencias sonoras), su poderosa presencia en nuestro decurso como pueblo, hacen de éste un libro que, sin falsa gravedad, se aproxima con mucho acierto a la esencia de ese fraseo musical que nos modela. Y así como ese, en todos los textos de Infante se saborea una mirada franca (tan franca y honesta, que ha tentado a algunos a dudar de su validez) sobre el acontecer del amor y el desamor, del crimen, de las tumultuosas soledades que anida la ciudad, en fin... del individuo, de la calle y de la vida misma.
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